jueves, 12 de noviembre de 2020

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA C: jóvenes de 16,17 y 18 años

 

Real ilusión

Pilar Orsati, alumna de la E.E.S.N° 3 “Carmelo Sánchez”

 

Un sonido molesto la despertó bruscamente. Durante unos segundos, permaneció en ese limbo confuso entre los sueños y el mundo real, en el que no entendía qué era esa melodía repetitiva e incómoda ni de dónde provenía. Hasta que logró extender su brazo hacia la mesa de luz y apagar el despertador. La realidad le cayó como un balde de agua fría. Eran las ocho y media de la mañana, y como todos los lunes, comenzaba una nueva semana.

Se levantó de la cama y fue directo al baño. Se lavó los dientes y la cara, pero no fue hasta que se colocó la crema antiarrugas que miró su reflejo en el espejo. Su pelo estaba marrón, pero sabía que en realidad ese ya no era su color natural, en lugar de eso, se estaba volviendo blanco. Tan blanco como su piel, la cual había perdido ese tono rojizo en las mejillas, y ahora se volvía cada vez más translúcida, como si en algún momento fuese a desaparecer. Articuló una sonrisa. Estoy igual de bien que a los 30- intentó convencerse, pero su mirada cansada y sombría no parecía estar de acuerdo.

Desde el pasillo podía oír el televisor, estaban pasando un comercial de ollas que ya conocía de memoria y que, de hecho, ya había comprado en dos ocasiones. Nunca lo apagaba, ya que además de que le gustaba escuchar otras voces en la casa, le permitía enterarse al instante de todo lo que pasaba a su alrededor, y como dice el dicho, el saber es poder.

Mientras preparaba su café, sonó una voz familiar a sus espaldas: el noticiero había comenzado. Rápidamente, dejó todo lo que estaba haciendo y se sentó en el sillón que tenía detrás. El cual, con el tiempo se había ido ahuecando a la medida de su figura, de forma tal que cuando ella lo ocupaba daba la sensación de que se completaba el rompecabezas.

Luego de presentarse, los conductores comenzaron con las noticias del día, las cuales no eran muy distintas a las del día anterior, ni del anterior al anterior. Dijeron que habían vuelto a desaparecer mujeres, que la policía había encontrado el cuerpo descuartizado de otra, que seguían los robos a mano armada en la vía pública, las disputas entre vecinos y el aumento del costo de los huevos (alimento de lujo). Además, aconsejaron a sus espectadores que procurasen no salir de sus casas debido a que el aire estaba tan contaminado que era posible que causara enfermedades respiratorias.

Mientras veía las imágenes poco discretas de los hechos, no podía evitar angustiarse. Parecía no darse cuenta de que todos los días recibía la misma información, la cual siempre venía cargada de odio y violencia. Miró a su alrededor, todas las cortinas de su casa estaban cerradas y aunque lo intentase, no podía recordar la última vez que había dejado entrar la luz del sol, ya que no podía lidiar con la idea de encontrarse con la realidad que le mostraban todos los días a través de la pantalla. ¡Qué días de locos estos que vivimos! - pensó en voz alta, y el programa siguió su curso habitual.

La conductora estaba hablando de lo cómodos, económicos, elegantes y a la vez ligeros que eran los zapatos que llevaba puestos y que toda mujer debería tener, cuando escuchó un sonido que la desconcertó. Al principio, creyó que provenía del noticiero, pero como luego de varios segundos no paraba, se percató de que surgía de otro lugar. Si bien este era muy distinto a la música computarizada y repetitiva que pasaban por televisión, le pareció familiar. Era como volver a ver a alguien luego de mucho tiempo.

La extraña melodía la fue hipnotizando como si le hubiesen puesto un hechizo. Inesperadamente, se encontró divagando por los recuerdos de su infancia. Evocó con cierta nostalgia las tardes de vereda con sus amigos del barrio, los heladitos de los domingos después de almorzar, las chocolatadas con sus primos en la casa de su abuela, las películas con pochoclos en el living de su casa y los abrazos de su mamá cuando volvía del colegio. Esto, provocó que se levantara del sillón y que, por primera vez en mucho tiempo, apagara el televisor. De repente, la casa pareció distinta y se llenó de la dulce composición que la hacía sentir segura, tranquila, como si todo fuese a estar bien.

Caminó hacia la puerta y, tras juntar, coraje la abrió muy despacio y con los ojos cerrados, ya que a pesar de que sentía curiosidad y cierta atracción, todavía le seguía teniendo miedo al mundo exterior. Cuando esta por fin quedó abierta de par en par, comenzó a separar sus párpados de a poco para que se acostumbren a la luz, y fue ahí cuando la vio.

Sentada en el cordón de la vereda de enfrente, una joven tocaba la guitarra. Siguió con la mirada los movimientos de sus dedos en las cuerdas. Vio como estos danzaban entre DO y LA menor, para luego volver a RE, y casi sin darse cuenta empezó a tocar acordes en el aire, como si ya hubiese tocado esa canción miles de veces en el pasado, como si conociera todos los secretos y rincones del instrumento, como si esa joven y ella fueran la misma persona. Como si la joven fuera ella, en un lugar más vivo, en un tiempo más feliz.

Cuando la canción llegó a su fin, la muchacha levantó la vista e hicieron contacto visual por unos segundos, en los que sintió que viajaba en el tiempo, que pasaba por todas las constelaciones y volvía a la tierra. Luego, los ojos de la joven recorrieron todo el paisaje, y recién en ese momento, ella se dio cuenta de que este no era como lo había esperado. No había cadáveres tirados sobre el asfalto, ni personas cargando armas como mostraban en el noticiero. Tampoco había calles inundadas, gente con máscaras de oxígeno o ruidos molestos de las alarmas de seguridad de las casas. En lugar de eso, el clima era agradable, el sol resplandecía y el único sonido que se podía distinguir era el del televisor dentro de los hogares, un sonido que ella y que todo el mundo reconocería desde metros de distancia. ¿Acaso había ignorado el despertador esa mañana y eso que estaba viendo no era más que un sueño? ¿O el sueño había sido todo lo anterior y ahora acababa de despertar?

La cabeza no paraba de darle vueltas, ya no podía decir qué era real y qué no. Toda la seguridad que le había proporcionado la canción se esfumó como una ráfaga de viento, dando lugar a que regresen todos sus fantasmas. Una parte de ella quería salir, escuchar más música que le llenara el alma y sentir los rayos de sol calentándole el rostro. Pero en lugar de eso, volvió a meterse en su casa y tras cerrar la puerta, se sentó en el sillón. Prendió el televisor y se sumergió nuevamente en ese bucle interminable, como si nada hubiera cambiado desde que preparó el café del desayuno. No lo hizo por cobarde, pero tampoco lo hizo por valiente, simplemente no pudo con tanta realidad, o con tanta ilusión, según de donde se lo mire. Porque al final de cuentas, después de tanto tiempo sumergida en su burbuja, su mente había empezado a estar ausente y su corazón se había convertido en un desierto.

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA B: jóvenes de 14 y 15 años

 

Plimton entre lo complejo y lo real

Génesis Alexandra Mansanilla Linares

Trujillo -Venezuela

 

En un universo infinito cualquier cosa da problemas, pero esta vez son los números quienes lo tienen.

Así comienza nuestra historia en el planeta Plimpton, un mundo mágico y maravilloso donde vivían los números reales y sus familiares, preocupados por no hallar la solución a uno de los tantos ejercicios del legendario italiano Ruffini, de tal manera que debatían las mil formas para resolverlo y como ninguna daba resultado; los enteros se cansaron de tantas pruebas y se levantaron de sus asientos diciendo:

-Es evidente que la solución no la tenemos nosotros, debemos buscar a otra clase de números para que juntos encontremos la respuesta a semejante problema matemático.

-¿Pero a quién podemos recurrir? –preguntaron con preocupación los irracionales que se oponían a dividir a todo el mundo-.

-¡Llamemos a los eruditos, me refiero a los complejos! –Respondieron los naturales, que eran muy elementales.

Estando de acuerdo todos los presentes fueron solicitados en el planeta Plimpton, los famosos por su sapiencia, los Complejos.

El tiempo junto con sus caprichosos minutos y segundos iban pasando, de pronto, llegaron en una elegante vonal el conjunto de los irracionales, quienes miraron a su alrededor esperando ser recibidos. Los reales quienes pensaban que eran los reyes de universo contaron todo lo que estaba sucediendo, la cantidad de raíces que habían pensado y su intento infructuoso.

La casta italiana se hizo presente llegando los hijos de Bombelli los imaginarios, muy cultos estudiaron dicho ejercicio en menos de cinco minutos, concluyendo que para finalizarlo era necesario su presencia, abriéndose paso entre la multitud, fueron desfilando distintos tipos de cifras quienes incluyéndose en el ejercicio pudieron terminarlo correctamente.

Asombrados los enteros que muchas ocasiones fueron negativos a buscar la solución, ahora estaban algo optimistas y positivos por la aclaratoria expuesta por los sabios complejos, al partir ellos se despidieron agregando:

-Algunos ejercicios requieren cifras más extraordinarias y de mayor rango.

En ese instante abandonaron el lugar dejando absortos al conjunto de los reales, que desde hacía muchos años tenían asperezas con los imaginarios, debido a su petulante actitud. Sin embargo, los racionales saltaban de alegría por la forma tan fácil de solventar la situación, propusieron a los demás la idea que los dos grandes conjuntos de la Matemática vivieran todos en Plimpton ayudándose mutuamente, pensamiento que no agradó a la presumida Simbología, quien molesta exclamó:

-¡Es absurdo! ¿Cómo se puede vivir con dígitos tan vanidosos? ¡Sólo a ustedes se les ocurre!

-Pero, no es la primera vez que ellos nos ayudan, debemos retribuirles el favor, seríamos un gran equipo –suplicaron los racionales.

-¡No estamos de acuerdo! –Gritaron con desenfreno el resto de los números-.

-Vendrán muchas dificultades –aseguraron preocupados los Naturales.

Tiempo después en su alta esfera los números complejos irónicamente exclamaron:

-Tan inteligentes, de sirvientes serán buenos los racionales.

-A ver con que saldrán estos rechazados, no pueden ser comparados con nosotros, pues nuestras operaciones son eficientes y rápidas.

Al escuchar tal cuestionamiento los racionales se ofendieron decidiendo volver a su grupo de donde nunca tuvieron que salir, una vez organizados las operaciones fueron fáciles, en ese momento…

-¡Victoria! ¿Por qué duermes en clase? –Llamó la atención el profesor de Matemática-.

-Disculpe profe, es que ya tengo la solución del ejercicio y la explicación al problema de los números, es algo complejo y real.

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA B: jóvenes de 14 y 15 años

 

Mi padre solía tocar el violín por las noches

Emilia Lucia Gurisatti, alumna del Colegio Nacional de Buenos Aires

CABA

   Mi padre solía tocar el violín por las noches. Recuerdo que después de cenar

sacaba su estuche del armario y lo abría con extremo cuidado, siempre deseaba

que ninguna cuerda se hubiese roto, siempre quería que se encontrase en el mismo estado que el día anterior. Yo lo veía tomar el arco,  con mucha delicadeza, ajustaba las cerdas, les pasaba resina, soplaba las sobras del polvillo; todo a su debido tiempo. Lo dejaba en la mesita de luz, en el sillón o en el escritorio. Desabrochaba el violín y lo sacaba con esperanza, como si fuese su más preciado tesoro. Tenía un trapo viejo y descolorido que pasaba por debajo de las cuerdas, acariciando la madera. Luego colocaba el soporte, nunca supe cuál era su función. Le ponía el afinador y pasaba el arco suavemente por las cuerdas, movía un poco las clavijas y lo volvía a dejar.

   Mi padre solía ver si yo estaba dormida antes de ponerse a tocar. Recuerdo

que luego de escuchar cómo afinaba, yo me alejaba de la puerta entreabierta y me

metía en la cama. Lo veía acercarse, me besaba la frente, cerraba las cortinas,

apagaba las luces. Se dirigía a la puerta y, antes de salir de mi habitación, me

echaba una última mirada. A veces sentía que me guiñaba el ojo, o que me

dedicaba una sonrisa cómplice. Me levantaba de nuevo al escuchar la primera nota,apenas la puerta y me sentaba a espiar.

  Mi padre solía empezar con un Sol. Recuerdo que siempre hacía una escala

para calentar, pero ese Sol era más que una nota. Cuando el Sol era largo, yo

suponía que me decía que su día fue hermoso, a veces lo acompañaba de un

vibrato. Cuando el Sol era corto, me decía que no hiciera preguntas, que algo malo había pasado.

   Mi padre solía comenzar su concierto con música clásica. Recuerdo que le

gustaba mucho tocar Beethoven, cuando empezaba con la quinta o la novena

sinfonía quería decir que tocaría por un buen rato. Cuando tocaba Mozart o Bach

significaba que no tenía mucho tiempo. Pero con Schumann, Chopin o Wagner

tocaría lo que el alma le permitiese. A mí me gustaba Tchaikovski, pero nunca supe qué significaba que empezara con el Lago de los cisnes o Las estaciones.

   Mi padre solía tocar un poco de tango y a veces vals. Recuerdo que me

asomaba para ver su cara, tocaba como si las notas les salieran del corazón.

Cerraba los ojos y disfrutaba. Cuando tocaba Gardel o D’Arienzo me felicitaba por

mi comportamiento durante el día, entonces yo le hacía una sonrisa burlona, que

pocas veces él veía. Cuando tocaba Strauss sabía que me había metido en

problemas, entonces me corría un rato de la rendija y esperaba a que terminase la

canción, mientras pensaba en cómo disculparme.

  Mi padre solía despedirse con rock clásico, el de su época. Recuerdo que

bailaba y se movía al tocar. Cuando tocaba Queen, al día siguiente

desayunaríamos café con leche. Cuando tocaba The Beatles, me quedaba toda la noche pensando de qué gusto prepararía galletitas. Muy pocas veces tocaba Elvis, ninguno de los dos añoraba una chocolatada. Tocaba la última nota siempre más larga que las demás, como despidiéndose del violín. Pero, además, quería que yo me metiese en la cama nuevamente. Por eso nunca pude ver cómo guardaba el instrumento, siempre supuse que lo hacía con el mismo cuidado y esmero con que lo sacaba.

   La última noche, mi padre sacó el violín sin mucho esfuerzo. No le puso resina, no lo afinó. Esperé en mi cama un rato, pero ni siquiera dirigió la vista a mi habitación. Cuando escuché el Sol fui a asomarme por la rendija, el sonido fue tan corto que no lo alcancé a ver. Eligió empezar con Sinfonía N°40 de Mozart, pero a pesar de sus cejas caídas, la melodía sonó tan hermosa como siempre. Al finalizar tenía un presentimiento de que tocaría Gardel,  aunque me había portado bien,

optó por olvidarse del tango y del vals. Tomó una partitura y el sonido de un minuet de Bach llenó la casa. No la tocó como la anterior, permitió que la tristeza lo ganara y dejó la canción por la mitad. Sentí entonces que lo mejor era que me fuese a dormir.

   Esa mañana no hubo desayuno. Supe desde un principio que algo malo

sucedería, mi padre estaba pálido. Sin embargo, traté de respetar el Sol corto, por lo que seguí el día normalmente. Cuando llegó la noche, me preparé en la puerta

entreabierta para verlo abrir el estuche, ajustar las cerdas, pasarle resina al arco y

escuchar las dulces melodías que tenía preparadas para mí. Pero eso no pasó. Una parte de mí ya se lo esperaba. Me paré en silencio. Caminé hacia el armario, saqué el estuche y lo abrí con extremo cuidado, deseaba que ninguna cuerda se hubiese roto, como mi padre solía hacerlo, pero el violín ya no estaba allí.

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA B: jóvenes de 14 y 15 años

 

La luz de mi vida

Valentina Galbán, alumna de la E.E.S. N° 3 “Carmelo Sánchez”

Camino ignorando a todo aquello que me rodea como lo estuve haciendo los últimos minutos. Estoy en un estado de shock permanente, mi mente está en blanco, mis manos transpiran, mi corazón late a un ritmo que no es normal y la sangre me hierve de impotencia.

Con pasos temblorosos llego al que siento es el lugar indicado, toco la puerta repetidas veces dado que son las doce de la noche. Sin embargo, me siento aliviado cuando mamá abre la puerta, ella todavía está vestida y lleva sus lentes de descanso. Al verme su cara se torna en sorpresa, pero no espero a que reaccione, lo único que me sale hacer es abrazarla, y ella no tarda en corresponderme. Minutos después me deja entrar, cierra la puerta detrás de mí y me sienta en el sillón para luego traerme una taza de té y una frazada gruesa, todo eso sumidos en un silencio profundo, pero no me sorprende, así siempre fue nuestra relación, sólo silencio. Ella sabe que solo voy a hablar cuando me sienta preparado para hacerlo. Y ya no puedo esperar.

–No hubiera venido si no fuera importante, ma– ella se me queda viendo para después sonreír, tranquilizándome en miles de formas. Mamá se sienta a mi lado y me pasa una mano por el lado izquierdo de mi cara limpiando las lágrimas ya secas.

–No tenés que pedirme permiso, hijo. Jamás dudes en venir conmigo, esta también es tu casa–dice, sacándome una sonrisa, pero que no dura mucho.

–Perdóname­– rompo a llorar, no me acuerdo la última vez que lloré tanto en mis cortos 21 años, pero nadie puede culparme por hacerlo ahora– Ni loco imaginé que esto pasaría y me arrepiento tanto–comienzo, mi voz cortándose al final y abrazándola mientras vuelvo a llorar– sé que te va a decepcionar lo que te voy a decir ahora, pero te necesito, por favor no me dejes.

Creo que ella espera a que me tranquilice para empezar a hablar, pero no puedo. No puedo parar, ni siquiera encuentro las palabras para expresar la desesperación que siento en este momento.

–Hijo, pará, cálmate. Pase lo que pase te prometo que nunca podría dejarte solo, aunque quisiera. Pero necesito que me digas lo que pasa.

Tomo aire.

–Lucía–nombro a mi ex novia– ella… ella me dijo que tiene un atraso de hace una semana.

Mamá se me queda viendo fijamente durante un par de segundos.

–Bueno, no te preocupes que capaz es un susto–trata de tranquilizarme, pero yo niego.

–Ella se hizo un test y un análisis de sangre…los dos dieron positivo– se me queda viendo y yo bajo mi cabeza avergonzado– Y sí; estoy asustado, pero más que eso… dolido. E-es decir, ni me esperó, no confió en mí. Sé que hace poco nos separamos y que seguramente no soy su persona favorita en este momento, pero ella me aseguró que fui su última relación, que no estuvo con nadie más, y si fue así… ¿Por qué ocultar semejante cosa? Eso lo único que hace es reforzar el hecho de que tenía derecho a saber de esto mucho antes –mi llanto se hace más fuerte. Los espasmos de mi cuerpo hacen que se me dificulte respirar y, por ende, que empiece a toser.

Esa noche me quedé dormido abrazado a ella. Papá volvió con su pareja, así que mi otra casa estaba sola para mí, en otras circunstancias eso me habría alegrado, pero en este momento necesitaba a mi mamá. Y más cuando me prometió que estaría a mi lado a pesar de todo.

DOS DÍAS DESPUÉS…

Lucía rompe a llorar repitiendo incontables veces: Tengo miedo. Yo sigo sin creerme lo que ella acaba de decir, insinuó que podía abortar.

– E-es que… no me entendes–sigue– ¿No te das cuenta? Ahora ni siquiera voy a poder salir a la calle sin que alguien se me quede mirando. ¡Es injusto! ¡No tengo por qué estar condenada a nueve meses de sufrimiento para tener un hijo que ni siquiera pedí!

–Estás equivocada– me atrevo a decir– No lo pedimos, pero él está ahí por culpa de nuestra irresponsabilidad– suavizando mi tono de voz. Me acerco a ella lentamente colocando mis manos en sus rodillas a medida que me voy agachando –Va a sonar muy tonto lo que voy a decir, pero no podemos escapar de nuestros errores una vez que ya fueron cometidos.

–Sebastián– me corta – somos nenes. Dos pendejos de 21 y 19 años– hace una pausa–. Yo nunca quise ser madre, ni ahora, ni hace dos semanas, ni en un futuro lejano. No pienses que jamás te quise, tuvimos dos años de relación hermosos, pero estoy completamente segura de que vos tampoco querías ser padre. Todavía estoy a tiempo para salir de este problema– por el amor de Dios, Cristo dame paciencia.

–Lucía ¿confias en mí? – ella no me responde, pero tampoco despega su mirada de mis ojos, tomo esa como una señal para seguir hablando– yo no te juzgo por no querer pertenecer a su vida, pero no me quites a mí la oportunidad de poder hacerlo ¿Está bien?

–No quiero pasar por esto, Sebastián ¿Me escuchas? Tengo miedo, tengo muchísimo miedo– su voz va apagándose cada vez más a medida que habla. Llevo mis manos de sus rodillas a su rostro y solo la observo mientras ella baja la mirada. En un momento de puro impulso me acerco y pego mis labios a los suyos, no es un beso romántico o uno que prometa amor eterno, simplemente creo que ella ahora necesita a alguien, y en una situación como esta no creo que las palabras alcancen. Además, no me molestaría ser ése alguien.

DOS MESES DESPUÉS…

Nos encontramos en la oficina de una colega de mamá, ella es psicóloga y cree que a Lucía –quien está a mi lado- y a mí nos vendría bien tener unas sesiones, pero como los psicólogos no pueden asesorar a parientes cercanos, prefirió dejarnos en mano de una de sus compañeras de trabajo. Yo me dedico a sostener la mano de Lucía, ella me sonríe y le devuelvo el gesto, debo confesar que me preocupa mucho su estado, su piel es mucho más clara que antes, oscuros semicírculos decoran sus párpados inferiores, y está mucho más flaca. Me doy cuenta que esto de sumergirnos de manera tan directa en la paternidad nos afectó demasiado, a ella más que nada. Es decir, estoy aterrado, pero hasta yo -que sé que cada uno vive las consecuencias de sus actos a su manera- soy capaz de admitir que acá la que peor la va a pasar es ella, por lo que me toca ser el cuerdo.                                                                                     

Hace una semana fui a su casa, yo la convencí de que la mejor manera de decirles a sus papás la noticia era juntos, y no lo hice solo por ella, también por mí. Quería demostrarles a ellos y a mí mismo que no soy un cobarde, que estoy dispuesto a pelearla tanto como mi cuerpo y alma me lo permitan para que él o ella sea la persona más feliz del mundo, ya que de algo estaba seguro: iba a amarlo más que a mi propia vida, en realidad, ya lo hacía. Desgraciadamente los clichés en la vida real existen y lo comprobé en el momento en que, luego de que su papá se retirara, la mamá de Lucía la mirara y le dijera un muy claro: “–Nosotros somos mayores. Si algo nos pasa a causa de tu imprudencia, va a ser tu culpa”

Ese día decidí que no importa lo que pase con nosotros, siempre iba a estar para ella. También decidí que prefería no incluir a los papás de Lucía en la vida de nuestro hijo, si le daba la espalda a su propia hija embarazada no quería que se relacionaran de ninguna manera con él. Al día siguiente puse al tanto de todo a papá, su reacción no me sorprendió mucho: “–Sos un boludo”, me dijo y me dio el mismo sermón que mamá, pero quedó satisfecho cundo le aseguré que no tenía planeado escapar y hasta me autorizó hacer uso total del departamento que comparto con él cuando no estoy viviendo con mamá, alegando que él va a quedarse con su pareja, hasta que pueda tener un hogar propio.

CINCO MESES DESPUÉS…

Sin lugar a dudas el desequilibrio hormonal de Lucía nos afectaba de una manera espectacular, no voy a mentir diciendo que no lo disfruto, porque eso sería un gran error. Esa es la razón por la cual son las doce del mediodía y ella sigue durmiendo sin ningún tipo de prenda de por medio entre las sábanas de la cama y su cuerpo. Pero algo era distinto, no sé, se sintió bien saber que no solo lo hicimos para darnos placer, que alguien estaba detrás de todo esto -eso suena tan bien como mal- quizás debería avergonzarme de cómo estoy hablando, pero la sensación es tan increíble que no me importa. Sabiendo perfectamente que en muy poco tiempo va a despertarse, me apuro para ir a cocinar algo rápido para comer.

En líneas generales todo iba bien. Hasta el momento no había ningún inconveniente con los siete meses de embarazo que cursa Lucía. Si bien no funcionamos como pareja -y eso lo descubrimos ya hace mucho tiempo- la mutua compañía que nos hacemos no está tan mal, pude conseguir trabajo después de hacer un curso de profesorado en baile y ahora enseño Tango en una academia decente, eso me permitió poder alquilar el departamento en el que nos estamos hospedando. Obviamente esta no es ni remotamente parecida a la vida que me imagine que tendría meses atrás, pero no me arrepiento. Extrañamente la emoción no me cabe en el cuerpo, la idea de cuidar de alguien más me llena de adrenalina y nervios, también de miedo, pero eso es inevitable. La verdad es que no puedo esperar a que nazca. Al igual que Lucía, pero tristemente no creo que sea por las mismas razones que yo.

DÍA DEL PARTO

Malditos operadores del 911 y su demora eterna. Estoy nervioso, demasiado, Lucía está a mi lado sufriendo contracciones y apretando mi mano cada vez que puede. Pero todo cambia cuando pongo un pie dentro del hospital, Lucía me debe estar odiando y con razón, debe estar pasando por el dolor más grande del mundo y la verdad yo no ayudo mucho haciendo todo prácticamente en automático. Lo único que sí me doy cuenta es que Lucía estaba en trabajo de parto y yo no me iba a despegar de su lado, entonces empecé hablar de cosas triviales para tratar de distraerla. Pasadas tres horas la verdadera experiencia comenzó, el doctor –con una calma que envidiaba- le repetía a Lucía que pujara, las enfermeras le decían que haga la cuenta regresiva, pero al ver que no les hacía caso comencé a hacerlo yo mismo.

–Lu escúchame, tenemos que hacer esto juntos. Contá conmigo–inhalo y cuento a partir de 10, una inmensa alegría me llega cuando veo que ella hace lo mismo, entonces sigo sin parar– Vamos a estar bien, lo vas a hacer excelente.

–No puedo– dice ella en medio de un suspiro.

–Y si no, te llevo a Disney como recompensa–logro hacerla reír, pero el doctor indica que ya casi está– Dale, este es el último empujón, lo hacemos juntos ¿sí? 1…2…3… –junto con el grito de Lucía se escucha un llanto agudo. Creí que sería el momento más especial y mágico de mi vida, pero nada es perfecto, y Lucia lo demostró cuando no quiso ver a su hija.

UN MES DESPUÉS …

–No me mires así. Los dos sabíamos que esto iba a pasar– no respondo, solo me limito a mirarla mientras agarra cada cosa suya y la pone dentro de su valija. De momento a otro me mira y su mirada no me transmite otra cosa que no sea indiferencia. No puedo decir que no me duela, a pesar de estar al tanto de todo, tenía la mínima esperanza de que se quedara con Luz y conmigo. Sí, Luz era el nombre de la lindura que dormía plácidamente en su carrito, el que yo había elegido, ya que Lucía no había querido hacer nada que tenga que ver con su hija. comienzo a sentir mis ojos escocer, entonces cuando intenta ir a la puerta, le agarro el brazo y le digo.

–No tengo porqué saber lo que hagas cuando cruces esa puerta, pero quiero que sepas algo, voy a hacer lo posible para que ella no te guarde rencor, porque entiendo perfectamente tu decisión, y siempre vas a tener nuestras puertas abiertas– y sin ningún tipo de interés en la lágrima que baja por mi mejilla, pregunto– ¿Estás segura? –aunque fue inútil, porque Lucía cerró la puerta tras de sí. Me hubiera gustado que se quedara, pero no puedo impedirle hacer algo que hace nueve meses atrás le di el sí para que haga. Si no quería ser la madre de su hija, no la iba a obligar. Se escucha el llanto agudo de Luz y contra todo pronóstico sonrío, voy hacia ella y le hago upa para que se calme, cuando lo consigue y la veo ella me sonríe.

No, definitivamente no me arrepiento de nada

Menciones de honor Contate un Cuento XIII Categoria A : jóvenes de 12 y 13 años

 

El sentido de la razón

Yagú Guillermo Von Rola Reyes, alumno de la E.P.N° 15

 Chos malal , Neuquen

En ese tiempo estaba todo el día tirado en la cama. Repasando con atención todas las cosas, buenas y malas, que había hecho en mi vida; esperando con ansiedad el fin de mi existencia; como un niño mal portado espera sin consuelo su ración de sermones y castigos, esperaba yo la muerte. Pensaba, pensaba, pensaba... y en ese entonces recordé.

Me recordé a mí, a mí cuando era pequeño, y mi padre me enseñaba las cosas que para él eran esenciales. Recordé el día en que le empecé a preguntar el porqué de todo lo que veía. el día que el universo, Dios y el destino eligieron para que yo, incapaz de aceptar mi camino, me desviara de él para siempre. Recordé el día en que, por primera vez para mí, el sentido tuvo una razón y la razón un sentido; el día en que me perdí por siempre y para siempre.

Todo comenzó en una noche de tormenta. Esa misma tarde me había caído de un árbol golpeándome muy fuerte en la rodilla, razón, por la cual estaba tirado en la cama sin poder moverme. Recuerdo, para mi pesadumbre, muy claramente, cuando fuera de mí, me insulté una y otra vez, diciéndome a mí mismo que no había ni sentido ni razón para subirme a aquel árbol. Recuerdo muy bien los argumentos que mi padre utilizó para asegurar mis afirmaciones. Recuerdo muy bien el momento exacto, en que él empezó a explicarme con muchísimo detalle, el sentido de la razón. Ustedes no saben y nunca sabrán cuánto lamento haberlo escuchado.

            Todas las noches que le siguieron a esa fueron un desperdicio, del que no me di cuenta en el momento, un desperdicio de felicidad y alegría. No tienen ni idea el dolor que me provocó abrir los ojos y ver todo el tiempo que había perdido.                    

            Un mes después de haber cumplido 13 años, mi padre murió. Nunca supe la verdadera causa de su fallecimiento, pero sí muy bien lo que lo provocó. Mi madre desapareció una semana después del deceso, la buscaron durante mucho tiempo, pero no encontraron ningún rastro de ella. Yo, sabiendo de antemano lo que pasaría después de esa segunda desgracia, me escapé.  No quería ir a vivir con mis tíos, al centro de la ciudad, así que me fui lo más lejos que pude. Caminé, caminé mucho, muchísimo hasta que por fin llegué a un lugar que me pareció perfecto para esconderme.

            El sitio estaba situado cerca de un rio, se conformaba de un montón de chacras enormes, las más grandes que vi en mi vida, pude ver como los chacareros se preparaban para la época de cosecha, pero por muy corto tiempo. Rápidamente busqué un lugar para dormir, durante lo que quedaba del día recorrí el terreno examinando cada pequeño rincón, hasta que por fin decidí establecer una pequeña guarida en un arbusto debajo de un árbol de copa baja, y ese fue mi hogar durante algún tiempo.   

Esos fueron los tiempos más difíciles de mi vida, logré sobrevivir porque aprendí a robar, la verdad me convertí en un ladrón experto. Mi estrategia consistía en vigilar la casa que robaría durante un día, para así al siguiente, sabiendo muy bien cuantas personas había en la casa y cuando no había ninguna, podría robar más fácil. Cada vez que lo hacía era en una nueva propiedad, robaba comida y ropa nada más, nunca ninguna joya o algo parecido, no me apetecía enriquecerme. Mucho tiempo robé, y jamás lograron descubrirme, siempre me salía con la mía, bueno casi siempre, sólo una vez me atraparon, y sin embargo hoy en día me siento orgulloso de eso.                              

La persona que me encontró era de bastante edad, y aunque tuve el deseo de salir corriendo inmediatamente cuando la vi, no lo hice. Principalmente porque tenía un arma en la mano, y también porque no quería escapar de la verdad, así que me paré muy firme delante de él, y acepté mi derrota.                                                            

El viejo seguramente se sorprendió con mi actitud, no sólo porque no me disparó, sino porque además bajó el arma. Fue entonces que me empezó a preguntar, al comienzo cosas como mi nombre y de dónde venía, y luego cosas un poco más serias, cómo porque un chico como yo había terminado en ese lugar como un ladrón cualquiera. Yo respondí con pura sinceridad pensando que, con eso, tal vez, podría cambiar lo que había hecho. Hablamos  durante largo tiempo, y al final del día ya no éramos enemigos.

Lo que pasó después fue verdaderamente increíble, indescriptible, hermoso. El viejo me tomó como su huésped, con la condición de que le ayudara con su cosecha. Conocí a muchas personas, de algunas hasta me hice amigo. Me encantó vivir allí. Todos los domingos los chacareros de la zona se juntaban a hacer un gran asado, y en las tardes de verano nos bañábamos en el rio. El viejo nunca les dijo a sus compañeros la verdad de cómo me había conocido, a mí me pareció mejor así, no quería que los demás me tomaran por mala persona.

Pasó el tiempo y llegó  de nuevo mi cumpleaños. Fue el mejor día de mi vida, nunca creí que la vida podría ser tan bella, pero con lo bello viene lo malo. Como llegó mi cumpleaños llegó el aniversario de la muerte de mi padre, no pude contener la depresión, y la felicidad se me fue poco a poco: lloré, lloré mucho, aunque sabía muy bien que la belleza volvería.

Esa fue la época más linda de mi vida, Me da mucha pena pensar en lo poco que duró, y en todo lo que perdí con ella.                                                           

El fin de mis días felices comenzó y terminó en una noche de tormenta, entraron a robar y mi nuevo padre se defendió, uno de los ladrones recibió rápidamente una puñalada en el pecho, y el otro cayó al suelo. Por un instante se le corrió la capucha, y pude ver con mucha claridad el rostro de mi madre.

Quedé en estado de shock mientras las personas más importantes de mi vida se peleaban en el suelo, un arma de fuego se deslizó desde la pelea hasta mis pies y lo más aceleradamente que pude la agarré, pero ya era demasiado tarde. El viejo yacía muerto en el suelo, y mi madre se acercaba hacia mí con  un cuchillo en la mano.

            “Madre soy yo, soy tu hijo” le dije una y otra vez, pero ella no me creyó, empezó  a dar vueltas alrededor de mí y cuando tuvo la oportunidad se me arrojó encima, yo apunté, cerré los ojos y disparé, al abrirlos ya no había nadie más que yo con vida en esa habitación.                                                                      

A la mañana siguiente mi sentido de la razón dijo que me alejara de allí, pero no lo hice, en cambio llamé a la policía y les dije todo lo que había pasado durante la tormenta. Sobrevinieron muchos procedimientos legales, pero al final de todo no fui a la cárcel, lo había hecho en defensa propia, no había hecho nada ilegal aquella noche. Luego de eso pude tener una vida más o menos feliz, pero eso no es parte de esta historia, lo único que les puedo decir sobre lo que pasó después fue que ya no volví a ser el mismo de antes

¿Y de dónde les escribo? Ah, eso es un secreto muy bien guardado, que se les devela sólo a los valientes, que llegan hasta el final.

Menciones de honor Contate un Cuento XIII Categoria A : jóvenes de 12 y 13 años

 

Recuerdos de azúcar

Sofía Habú, alumna de la Escuela del Arbol , CABA

Tomás entró en su casa y cerró la puerta. Vivía solo, así que no tenía que esperar a nadie. Entró en la cocina, repleta de frascos. Como todas las tardes, preparó un té. Siempre lo endulzaba, en su momento lo hacía con azúcar blanca, pero su vecina, doña Rita, le comentó , más bien le impuso,  que el azúcar integral era mejor. No es que ella fuera médica ni nutricionista, pero era bastante prepotente y de mayor tamaño que Tomás. Con su lento andar, se acercó al tarro de azúcar. Era completamente de vidrio, con unas delicadas decoraciones florales. A Tomás le gustaba, siempre le hacía pensar en el bosque, pero aquel día… El azúcar dentro del tarro parecía un diminuto acantilado de arena. Curioso, lo destapó. En aquel momento sintió arena entre los dientes, y una brisa salada invadió su nariz y le golpeó el rostro. Recordó el día en que su padre lo llevó a conocer el mar. Rápidamente abrió otro frasco. Tomillo. La huerta de la que su madre sacaba especias. Su antigua casa. Recordó la hierba desprolija y libre, que crecía a su alrededor. Otro frasco. Sésamo. Las galletitas que llevaba a la laguna, y de las cuales la mitad se la comían los patos. Romero. Lentejas. Arroz. El pimentón llegó junto con su padre. Los fideos con su hermana. La miel con su abuela. Las chispas de chocolate con su madre. El cacao con la escuela. Así, junto con los frascos, llegaron lugares, personas, recuerdos… Último frasco. Laurel. El bosque. Troncos, ramas, pájaros… y su esposa. Recordó su cabello enrulado y sus mejillas sonrosadas. Siempre habían amado ese lugar. “¿Podré llegar ahí?” se preguntó Tomás. “No hagas imprudencias” le había dicho doña Rita. “Imprudencias”, se dijo él, “es seguir consejos de quien no entiende sobre magia”. Y, tomando coraje, metió la mano en el frasco.   

Menciones de honor Contate un Cuento XIII Categoria A : jóvenes de 12 y 13 años

 

AYUDEMOS A COMBATIR EL FUEGO

Thiago Forte, alumno de la E.E.S.N° 1 “Antonio Gonzalez Balcarce”

Todos los años, cuando terminan las clases mis papás se toman vacaciones, las cuales decidimos disfrutar en las sierras.

Mi papá es un prestigioso médico, que cuida los corazones de sus pacientes, y mi mamá una ama de casa, con todas las letras, que nos prepara ricas recetas  y nuestras comidas favoritas. Mi hermana y yo tenemos que pasar de año y nuestra recompensa es un verano sin tarea y con muchos juegos.

Este año, en el verano, preparamos nuestras valijas con libros, juguetes y lo más importante la pelota de fútbol. Además, nos llevamos a nuestro amigo fiel, un perrito que nos regaló la vida.

Así comenzó nuestra historia, con días de calor, lluvias, hermanos, y a veces ardiente roca, pero lo más importante es que lo pasábamos juntos. Cuando llegamos al lugar deseado, esperaba que estuviera mi amigo Juanjo, el que siempre me llevaba a cabalgar por las riberas, cruzando pequeños lagos y con quien compartía largas tardes de risas.

Una de esas tardes, Juanjo pasó por mí. Nos llevamos los caballos y algo para merendar por si se nos pasaba la tarde en nuestro recorrido. Subimos por un sendero y empezamos a avanzar al compás del galope de nuestros caballos.

El sol  iba cayendo y la luna mostraba su brillo cuando a lo lejos observamos que los animales corrían desesperados. Una gran pared humo se asomaba, el olor era intenso y el miedo se empezó a sentir. ¿Quién podría hacer tanto daño? ¿Por qué? ¡Qué tristeza!

-¡Amigo….amigo! corramos antes de quedar atrapados- gritó Juanjo.

Así comenzamos nuestro desesperado descenso. Cabalgamos y cabalgamos durante mucho tiempo hasta que encontramos unos baqueanos. Les advertimos del incendio  para que  pudieran resguardarse y pedir ayuda para salvar a los animales, antes de que los destruyera el fuego. Y así fue como nos empezamos a juntar para combatir las llamas. No importaba si eran abuelos, jóvenes, niños, mujeres u hombres fuertes. Todos colaboramos, íbamos y veníamos intentando frenar el fuego. Fue lindo ver que cuando todos queremos, podemos.

Fueron unas vacaciones re lindas, aprendí que todos juntos podemos hacer grandes cosas y lo más importante cuidar de nuestro planeta.