jueves, 12 de noviembre de 2020

Menciones de honor Contate un Cuento XIII CATEGORIA B: jóvenes de 14 y 15 años

 

Mi padre solía tocar el violín por las noches

Emilia Lucia Gurisatti, alumna del Colegio Nacional de Buenos Aires

CABA

   Mi padre solía tocar el violín por las noches. Recuerdo que después de cenar

sacaba su estuche del armario y lo abría con extremo cuidado, siempre deseaba

que ninguna cuerda se hubiese roto, siempre quería que se encontrase en el mismo estado que el día anterior. Yo lo veía tomar el arco,  con mucha delicadeza, ajustaba las cerdas, les pasaba resina, soplaba las sobras del polvillo; todo a su debido tiempo. Lo dejaba en la mesita de luz, en el sillón o en el escritorio. Desabrochaba el violín y lo sacaba con esperanza, como si fuese su más preciado tesoro. Tenía un trapo viejo y descolorido que pasaba por debajo de las cuerdas, acariciando la madera. Luego colocaba el soporte, nunca supe cuál era su función. Le ponía el afinador y pasaba el arco suavemente por las cuerdas, movía un poco las clavijas y lo volvía a dejar.

   Mi padre solía ver si yo estaba dormida antes de ponerse a tocar. Recuerdo

que luego de escuchar cómo afinaba, yo me alejaba de la puerta entreabierta y me

metía en la cama. Lo veía acercarse, me besaba la frente, cerraba las cortinas,

apagaba las luces. Se dirigía a la puerta y, antes de salir de mi habitación, me

echaba una última mirada. A veces sentía que me guiñaba el ojo, o que me

dedicaba una sonrisa cómplice. Me levantaba de nuevo al escuchar la primera nota,apenas la puerta y me sentaba a espiar.

  Mi padre solía empezar con un Sol. Recuerdo que siempre hacía una escala

para calentar, pero ese Sol era más que una nota. Cuando el Sol era largo, yo

suponía que me decía que su día fue hermoso, a veces lo acompañaba de un

vibrato. Cuando el Sol era corto, me decía que no hiciera preguntas, que algo malo había pasado.

   Mi padre solía comenzar su concierto con música clásica. Recuerdo que le

gustaba mucho tocar Beethoven, cuando empezaba con la quinta o la novena

sinfonía quería decir que tocaría por un buen rato. Cuando tocaba Mozart o Bach

significaba que no tenía mucho tiempo. Pero con Schumann, Chopin o Wagner

tocaría lo que el alma le permitiese. A mí me gustaba Tchaikovski, pero nunca supe qué significaba que empezara con el Lago de los cisnes o Las estaciones.

   Mi padre solía tocar un poco de tango y a veces vals. Recuerdo que me

asomaba para ver su cara, tocaba como si las notas les salieran del corazón.

Cerraba los ojos y disfrutaba. Cuando tocaba Gardel o D’Arienzo me felicitaba por

mi comportamiento durante el día, entonces yo le hacía una sonrisa burlona, que

pocas veces él veía. Cuando tocaba Strauss sabía que me había metido en

problemas, entonces me corría un rato de la rendija y esperaba a que terminase la

canción, mientras pensaba en cómo disculparme.

  Mi padre solía despedirse con rock clásico, el de su época. Recuerdo que

bailaba y se movía al tocar. Cuando tocaba Queen, al día siguiente

desayunaríamos café con leche. Cuando tocaba The Beatles, me quedaba toda la noche pensando de qué gusto prepararía galletitas. Muy pocas veces tocaba Elvis, ninguno de los dos añoraba una chocolatada. Tocaba la última nota siempre más larga que las demás, como despidiéndose del violín. Pero, además, quería que yo me metiese en la cama nuevamente. Por eso nunca pude ver cómo guardaba el instrumento, siempre supuse que lo hacía con el mismo cuidado y esmero con que lo sacaba.

   La última noche, mi padre sacó el violín sin mucho esfuerzo. No le puso resina, no lo afinó. Esperé en mi cama un rato, pero ni siquiera dirigió la vista a mi habitación. Cuando escuché el Sol fui a asomarme por la rendija, el sonido fue tan corto que no lo alcancé a ver. Eligió empezar con Sinfonía N°40 de Mozart, pero a pesar de sus cejas caídas, la melodía sonó tan hermosa como siempre. Al finalizar tenía un presentimiento de que tocaría Gardel,  aunque me había portado bien,

optó por olvidarse del tango y del vals. Tomó una partitura y el sonido de un minuet de Bach llenó la casa. No la tocó como la anterior, permitió que la tristeza lo ganara y dejó la canción por la mitad. Sentí entonces que lo mejor era que me fuese a dormir.

   Esa mañana no hubo desayuno. Supe desde un principio que algo malo

sucedería, mi padre estaba pálido. Sin embargo, traté de respetar el Sol corto, por lo que seguí el día normalmente. Cuando llegó la noche, me preparé en la puerta

entreabierta para verlo abrir el estuche, ajustar las cerdas, pasarle resina al arco y

escuchar las dulces melodías que tenía preparadas para mí. Pero eso no pasó. Una parte de mí ya se lo esperaba. Me paré en silencio. Caminé hacia el armario, saqué el estuche y lo abrí con extremo cuidado, deseaba que ninguna cuerda se hubiese roto, como mi padre solía hacerlo, pero el violín ya no estaba allí.

1 comentario:

  1. El cuento es de una gran belleza y sensibilidad. La trama y los personajes podrían ser parte de un guion cinematográfico. Como todo final de cuento corto, es abierto e impactante. pero para mí, la ausencia es la representación simbólica de la muerte. Que no estará nunca más...

    ResponderEliminar