jueves, 12 de noviembre de 2020

Contate un Cuento XIII Categoria D – jóvenes y adultos de Educación de Adultos

 

El maquinista

Fabiana Nélida Moyano – alumna de E.E.P.A N° 702

    El maquinista ha vivido toda una vida en las vías, ya no recordaba cuando no lo era. Una vida lejos de su hogar, otras veces cerca, pero siempre en las vías. Había tenido bellos viajes con lluvia deslizándose sobre el vidrio de su vagón y otras, fuertes vientos como rugidos de león. En ocasiones había escuchado el ruidito de la brisa moviendo las hojas de árboles cercanos y otras el granizo dando a los techos de las casas que pasaban velozmente por la ventana del tren. Había visto muchos paisajes, llenos de arco iris que brillabann en el campo o se ocultaban en la ciudad. Había contemplado el verde de los prados, el amarillo, el blanco; en fin las cuatro estaciones pasar por allí. Pero la que más le gustaba era la primavera, la que colmaba los cuadros de flores y perfumes. La que hacía que el sol brillase temprano y los botones de las plantas comenzaran a renacer otra vez.

    Cuántas veces había pasado el maquinista por aquella estación, siempre con dos bocinazos avisando su llegada y con tres su pronta partida, saludando  al partir al caballeroso  Don Rufino, el que se encontraba en la parada veintitrés. Este le respondía con una mueca sonriente y agitando su boina grisácea estirando su brazo de par en par. Año tras año habían seguido ese ritual, parecía que Don Rufino pertenecía a la parada y ella no existía ya sin él. Y aunque no había dialogado más que con sus saludos, sabía que Rufino era una buena persona. Lo había visto desde las ventanas de su máquina correr a ayudar a los demás, con sus bolsos, con sus cargas, devolver algo que encontró. Lo había observado consolar a los niños que despedían a sus padres al irse a otros pagos a trabajar.  Había escuchado sus silbidos que entonaban diferentes canciones y su sonrisa blanca y vivaz, tenía  siempre buen humor.

      Pasaban los años y allí estaba Rufino ya no era parte de la estación veintitrés, es ella. Pero un día de esos en que todo estaba bien y sin embargo en el interior se sentía que algo sucedería, el maquinista como de costumbre, con dos bocinazos anunciaba su llegada a la parada. ¿Pero dónde está Rufino? ¿Dónde están su sonrisa blanca y el agitar de su boina por el aire al compás de sus silbidos? ¿Le habrá sucedido algo? ¿Se habrá trasladado a otro pueblo? El maquinista pensativo deseaba no partir para aclarar sus preocupaciones. Pero su horario marcado por el reloj y la rutina implacable, no le daba tiempo ni a preguntar, ni a indagar por Don Rufino, “su amigo” de la estación veintitrés. Sonaron los tres bocinazos que anunciaban la partida, pero esta vez parecían dagas que atravesaban su pecho, no quería alejarse, deseaba averiguar qué había sucedió. Ahora, en este instante hubiera querido dejar su profesión, poder convertirse en investigador, poder llegar a saber más de Don Rufino. Temía que algo le hubiese pasado, que nunca volviera a reencontrarse, se arrepentía de no haberlo conocido más. Así, lleno de nostalgia e incertidumbres partió a la próxima estación.

    El maquinista continuó su viaje, el sol brillaba potente sobre la colina, las aves cruzaban el cielo como si fuera una compañía de danza, turnándose para avanzar. Antes,todo aquello, lo hubiera maravillado, pero ahora su corazón no le permitía alegrarse, extrañaba a aquel conocido, a su compañero de la estación.

    Ya habían transcurrido  meses y ni noticias de Don Rufino, nadie sabía nada. ¿Cómo es posible que se fuera sin despedir? Las dudas invadían su imaginación. Había creído que aún sin cruzar grandes palabras eran amigos, acompañados por el mismo amor a la estación, a los viajes, a las máquinas y tal vez a las personas que desfilaban por allí.

     Ya habían pasado varios meses de aquel último saludo, si hubiera sabido que era el último habría corrido a su lado a preguntarle sus anhelos, a escuchar sus experiencias, a invitarlo a su hogar. Pero ahora ya no era posible, cada vez que se acercaba a la estación veintitrés cerraba por un momento sus grandes ojos color café, y contaba hasta cinco. Este era otro ritual, quizás para reemplazar al del amigo que ya no veía. Sin embargo por más que se esforzase y lo hiciera varias veces, nada parecía cambiar. Don Rufino no aparecía, ni noticias de él. Ya había preguntado por él a otros empleados de la estación, a su jefe, pero no sabían dónde estaba. Sólo había podido averiguar, que faltaban poco más de dos años para su jubilación. Apenas eso pudo conocer, un retazo de información que no le permitía imaginar lo que  había sucedido. ¿Es que sólo él notaba su presencia? ¿No había nadie más? Todos estos años y un maquinista al pasar parece que supo más de Don Rufino que los habitantes de aquel lugar.

    El maquinista siguió de parada en parada, pero nada lo emocionaba. Su familia por las noches lo veía regresar con su cabeza gacha y sin hablar. Estaban preocupados,  nada parecía avivar sus emociones. Se mostraba muy triste y sin ganas ni siquiera de viajar. Ya no sabían a quién consultar, su esposa, su hermano, su hijo, su padre, hablaban con doctores sobre esta situación. Ellos no entendían que para el maquinista Don Rufino no era aquel simple señor de la estación, era su compañero, su amigo de esa otra vida. Quizás porque compartían las mismas pasiones, pero ahora ya no estaba. Y de repente toda su vida pasó por su mente, se sintió identificado con Don Rufino. ¡Tantos años de trabajo, de ofrecer su tiempo, su amistad, su ayuda a los demás! ¿Y si le pasaba como a él? ¿Si de un día para otro nadie notaba que ya no estaba? ¿Y si pasaba por el mundo sin dejar la huella de su existencia? Ahora todas esas preocupaciones que pensaban eran para otro tipo de personas, llegaron como un mar embravecido e impetuoso sobre él también.

    El maquinista nunca había faltado a su trabajo, todos los días había ido con alegría pero ahora nada lo entusiasma. Su familia ya no sabía qué hacer, tenía miedo de que se enfermase aún más. Ya había bajado mucho de peso y ni lo escuchaban sonreír. Y aunque seguía trabajando, todo le parecía una carga, más grande que las que había visto a través de los años cargar en los vagones de su tren.

    Pasaban ante sí una parada tras otra y se acercaba el momento de la estación veintitrés. Ya ni siquiera quería cerrar los ojos para apurar el deseo de encontrar una vez más a su amigo. No lo haría esta vez. Pero de repente un joven llegó a los apurones, ansioso, chocando con sus piernas y brazos contra los pasajeros inmóviles. “-Tengo una carta para usted, no se vaya señor, usted,  sí, el maquinista”- Pero ni siquiera volteó para ver de dónde venía esa voz, no le interesaba. Como si fuera una máquina, sí, una máquina que ejecutaba órdenes, como la que por años manejó, siguió su camino a la próxima estación.

    Transcurrieron varias semanas más, y la situación empeoró. El maquinista ya no tenía ánimos para viajar. Pero como debía cuidar a su familia, asistía cada día a su trabajo, puntual como siempre. Otra vez llegó a la parada de Rufino, sus ojos se empaparon de lágrimas y nostalgia. Sabía que su amigo no vendría a saludarlo. Pensó que el tiempo lo curaría, como todos dicen que lo cura todo…también lo haría con él. Sin embargo eso no pasaba. Su tristeza continuaba persistente cada día de su vida.

   Ya se retiraba de la estación veintitrés resignado a proseguir el recorrido, cuando el joven aquel volvió  corriendo esta vez, a los empujones, abriéndose paso entre los pasajeros sorprendidos y ofuscados por sus codazos y gritos. “-Espere, usted, señor, sí, usted, el maquinista”- No tenía ganas de quedarse siquiera a preguntar, pero esta vez algo dentro suyo fue como si le dictara lo que debía hacer, quedarse un rato más. Aquel joven apresurado y risueño, le entregó un sobre y amablemente le dijo: “-es para usted, no lo rechace por favor, mi abuelo me lo ha enviado especialmente para usted”- y se fue corriendo velozmente alegre por haber cumplido su misión.

     Cuando el maquinista tomó al sobre entre sus manos, sus piernas le temblaron de emoción ¿acaso sería lo que él pensaba? No aguantó más, de una vez rompió rápidamente el borde superior y leyó las primeras líneas: “para mi único y gran amigo el maquinista de la estación veintitrés”. En ese instante exhaló un gran suspiro, el color volvió a su rostro. No se había equivocado Don Rufino era su amigo, ahora lo confirmaba. Siguió leyendo y comprendió la rapidez con la que debió irse. Estaba en el pueblito de su nono, de donde había llegado hacía mucho tiempo, desde Italia. Un primo lejano lo había localizado y enviado el pasaje para volar hasta allí. No le quedaban muchos días de vida y quería reunirse con todos sus parientes. ¡Qué alegría la del maquinista! Su amigo había prometido no olvidarlo y le enviaba muchos cariños.

     Ese día, de regreso a su hogar el maquinista observó el más bello atardecer y los mejores sonidos de las aves que jamás había escuchado. De nuevo podía volver a disfrutar de cada pequeño detalle de la vida. No se había equivocado, tenía un amigo que conocería cada vez mejor. Y así fue que cada dos semanas llegaba a la estación veintitrés un sobre con postales de lugares hermosos. Y  junto con ellas la promesa de reunirse en viajes posteriores con la familia. Además siempre terminaban con una dedicatoria en letras grandes: PARA MI GRAN AMIGO EL MAQUINISTA.

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