miércoles, 19 de octubre de 2022

CONCURSO LITERARIO NARRATIVO “CONTATE UN CUENTO XV” Declarado de Interés Educativo por el Ministerio de Educación de la Nación res 1275/se

Mención de honor categoría E – adultos

“El orejas” 

de Hugo Alberto Alonso de San Pedro

Creo que es él…, no puedo divisarlo bien desde aquí, pero estoy casi seguro de que es el Orejas… Mi vista ya no es la misma, pero me parece que no me equivoco.

    ¡¡Sí!!. ¡¡Ya lo veo, es él!! Viene desde el monte lejano a la carrera por el trigal, con el cuerpo negro y lustroso y el galope divertido. La lengua le cuelga a un costado mientras revolea sus grandes orejas de perdicero.  Raro..., él nunca iba por el monte...

      Viene a buscarme…, si hasta lo veo reír desde aquí. Porque mi perro ríe si está conmigo. Los que me conocen dicen que fabulo cuando digo esto. Pero es cierto; algunos se confunden, creen que jadea. Pero el brillo de los ojos de mi Orejas me indica enseguida la diferencia.

     ¿Dónde te habías metido, Orejas? Te he extrañado tanto… Si habremos caminado juntos por la chacra. Elegías el rumbo. Ibas siempre adelante, rastreando algún bicho para correrlo. Cada tanto, pegabas la vuelta y pasabas a la carrera rozando una de mis piernas, como para que yo me diera cuenta de que estabas siempre conmigo. Y caminábamos durante horas por el campo arado o por el rastrojo después de levantar la cosecha. Buscábamos las cuevas de los zorros y de los peludos y metías la nariz dentro de los agujeros para sacarlos de sus madrigueras. Corrías todas las liebres, pero no alcanzabas ninguna. Eran demasiado rápidas para un cazador tan pesado. Andábamos por todas partes, pero jamás rumbeabas para el monte... Nunca te acercabas a la arboleda, vaya uno a saber por qué....

      En aquellos tiempos yo podía caminar bastante, en cambio ahora… Me sientan bajo el alero de la casa y me dejan todo el día aquí, hasta que anochece. Al mediodía, me traen un plato de sopa y algún guiso y me dicen: Tiene que comer, abuelo, si no se va a enfermar. Yo ya ni ganas de comer tengo. Antes compartía la comida con el Orejas. Nos sentábamos aquí mismo y yo le daba la mitad de lo que había en mi plato, y él se lo comía con ganas. Después nos íbamos a dormir la siesta bajo la sombra de los eucaliptos. Ahora todo es distinto. Desde que mi perro se fue las cosas cambiaron mucho. Me daba tristeza caminar solo y entonces me quedaba dentro de la casa, junto a la ventana, rumiando mis tristezas... Ahora, casi ni caminar puedo; necesito que me ayuden a movilizarme. Todos los días le pido a mi familia que me sienten bajo el alero. A esperar al Orejas ―les digo―. Porque yo siempre supe que el Orejas iba a regresar. Qué sorpresa se llevaría el mediquito ese que me visita a diario si sale ahora de la casa y lo ve galopar en el trigal. Después que llegó esta mañana y me revisó, se metió en la casa con mi familia, y ahí están. Cada vez que él viene a verme escucho llorar a alguien allí dentro. Me parece que hablan de mí, pero siempre lo hacen en voz baja. Él nunca me cree cuando le digo que el Orejas va a volver. Yo le insisto, y él me mira sonriendo mientras me revisa. Qué sé yo qué revisa. De lo que estoy seguro es de que no me alivia este maldito dolor en el estómago. Por más que viene todos los días y me obliga a tomar medicamentos, el dolor no cesa y creo que cada vez me duele más, especialmente cuando como algo. Olvídese de ese perro, abuelo, nunca volverá, me dice una y otra vez. Yo jamás olvidaría al Orejas. Es mi perro y me ha acompañado siempre. Lo mismo me dice mi familia: Pero abuelo, ese perro se murió hace como treinta años. No saben nada. El Orejas no murió, se perdió en una encrucijada del tiempo. ¡Y ahora está de regreso! Vuelve a casa, al galope, con su alegría de siempre. En unos segundos, va a saltar el alambrado como a él le gusta, correrá hasta aquí y se tirará a mis pies esperando que lo acaricie. Se lo ve tan feliz. ¡Qué alegría tan grande que haya vuelto!, refregarle otra vez las orejas y palmearle el lomo. No bien llegue, va a querer hablarme, con esa mezcla de aullido y ladrido que me divierte tanto. Es su manera de responderme cuando conversamos. Porque él comprende todo lo que le digo y quiere que yo sepa lo feliz que se siente por compartir cada momento conmigo.

     ¡Qué lindo se ve el trigal! Está empezando a ponerse amarillo. ¡Cómo me gusta el trigal cuando se pone amarillo…! Y esa luz en el cielo, tan acogedora y que parece que acompañara al Orejas. ¡Qué felicidad! Hasta siento mi cuerpo más liviano y tengo ánimo para caminar con mi perro por el campo. Hasta el fuego terrible que vive en mi estómago ha dejado de doler ahora... ¡Ya llega mi perro! Salta el alambrado con la gracia y la habilidad de siempre.

     ¡Orejas..., Orejas..., aquí, aquí, aquí estoy, dame un abrazo con tus manazas negras, así, así! Déjame acariciar tus grandes orejas y tu cuero negro y lustroso. Así…, así…, mi perro. ¡Bueno!, ¡bueno!, para un poco de moverte, ¿quieres jugar conmigo, eh? Cómo me gustaría que alguien saliera de la casa y te viera. Se darían cuenta de que estuvieron siempre equivocados. Y verían también que he conseguido ponerme de pie por mí mismo y que todos los dolores que sentía se han aliviado de repente. Si hasta puedo volver a caminar, y a saltar… y... ¡a correr! ¡Eh!, pero, ¿qué haces, Orejas? ¿A dónde vas? ¡Ah!, quieres que te siga al trigal, ¿verdad? ¡Claro que sí! Vamos, vamos hacia el trigal. Mi cuerpo se ha vuelto tan ágil como antes. Mis dolores han desaparecido y me siento tan liviano, tan etéreo… ¡Corramos, Orejas!, veamos quien salta primero el alambrado. ¡Já! Te he aventajado, como siempre. Pero, ¿quieres ir para el monte esta vez? Si lo prefieres... ¡Qué bella mañana! Y esa luz, tan acogedora que me hace sentir como si flotara. ¡Vamos, Orejas, no te detengas! ¡Corramos! ¡Volemos! ¡No te quedes atrás! ¡Vamos, que el monte nos espera…!

Mención de honor categoría E – adultos

La caída de Juan de Silvana Maria Mandrille de San Francisco, Córdoba

Las primeras luces del amanecer se filtraban por la minúscula ventana enrejada.

Un observador exterior habría logrado percibir una silueta suspendida en el aire.

Sentada en el cordón de la vereda, una joven de cara redondeada y ojos de

ilusión, esperaba desde muy temprano.

A media mañana alguien se percató de su presencia...

- Mirá Pedernera, lo novia del Juan vino a buscarlo.

- Pobre piba, tan joven... ¡Y es linda! ¿No habrá tenido chance de conseguir algo

mejor?

- No lo subestimes al Juan, Pedernera, también es buen tipo. Tropezó una vez

en la vida y ya la pagó. Nada que ver con las otras escorias que vienen a parar

acá.

- Pero el tropezón lo hizo caer feo al Juan. No te olvides que se cargó una vida.

Tenía razón Pedernera. Habían pasado muchos años de aquel fatídico episodio,

como diez. El Juan tendría veinte y había cometido el pecado de enamorarse

perdidamente de una mujer de veintisiete. No era la edad lo que hacía la

diferencia entre ellos, sino la conducta.

Él trabajaba en el campo del padre y pesito que juntaba lo empeñaba para

amueblar la casita que había comprado en el pueblo.

Un día pasó por la joyería y compró las alianzas. No pudo esperar hasta la noche

para sorprenderla. Decidió verla inmediatamente y entregarle el obsequio. Como

ella vivía a dos casas de la joyería, en un santiamén estuvo ahí. Rápidamente

barajó la llave en su bolsillo y con cierto arrebato abrió la puerta. La sorpresa fue

para él cuando vio que su mujer, la que él pretendía hacer su esposa, gozaba

desnuda y entrelazada al cuerpo de otro hombre. La reacción fue inmediata.

Volvió sobre sus pasos hasta la mesa de la cocina. Tomó la cuchilla y regresó al

dormitorio para incrustársela justo en el corazón. La muerte no se hizo esperar y

la policía tampoco. Lo que nadie supo es que el corazón de Juan también dejó

de latir en aquel preciso instante.

 

Bien sabemos que si el suceso hubiera tenido lugar en esta época, estaríamos

hablando de femicidio y una legión de mujeres identificadas con la muerta,

estarían marchando por las calles del pueblo portando bien alto una pancarta

 

3

 

con la inscripción NIUNAMENOS. El mismo Juan sería tildado de psicópata y

todos estarían pidiendo reclusión perpetua para el degenerado.La vida en el

Penal fue dura al principio, pero enseguida le tomaron aprecio porque tenía buen

comportamiento y era respetuoso, tanto con sus iguales como con los guardias.

Era mozo en el casino de oficiales y a la hora del almuerzo o la cena, no faltaba

quien lo incomodara con alguna frase melosa referida al noviazgo que había

entablado con una joven a la que conoció a través de una de esas revistas del

corazón.

La relación era sólida. Los padres de la muchacha ya habían ido a conocerlo y

todo iba viento en popa. Cuando él recuperara la libertad se casarían. Ya tenían

casa, muebles y ajuar. No faltaba nada, sólo que se cumpliera el plazo de la

condena que por fin había llegado a su término.

- Andá Pedernera. Traelo al Juan.

- Pero... ¿Cómo? ¿No está en el casino de oficiales? Habíamos quedado que

vendría temprano en la mañana para enseñarle al inútil del Rata lo que tiene que

hacer cuando quede en su lugar.

- Bueno, bueno, el muchacho tenía que preparar sus bártulos. Es su día más

importante, se va en libertad y después al registro civil. Me pareció que con

tantas emociones, había que dejarlo tranquilo y solo hasta la hora de irse.

- Cómo mande Señor Jefe de Guardia, ya se lo traigo.

La novia que ya se había acercado y estaba preparada para recibirlo en la puerta

de salida, escuchó gritos y corridas.

Pedernera le dijo algo en el oído al Jefe de Guardia. Los rostros de ambos

estaban contraídos.

A esta altura, un observador exterior ya no habría percibido la silueta suspendida

en el aire.

- Pobre Juan... ¿Qué le habrá pasado, Pedernera? ¡Se lo veía tan contento!

- La conciencia, Jefe. La conciencia no perdona. Usted mismo lo dijo, el Juan era

hombre de un solo tropiezo.

- ¡Quién lo hubiera dicho, Pedernera! ¿Y ahora? ¿Ahora quién se lo dice a la

novia?

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