martes, 18 de junio de 2013

EL DESCUBRIMIENTO - Ismael Moya


Un pobre chico, al que durante el año
no le vimos lucir un traje nuevo,
todos los días se quedaba en clase
mientras íbamos todos al recreo.
No era una penitencia
que le habían impuesto:
él estudiaba siempre sus lecciones;
y era en el aula mesurado y bueno.

A su lado, la tierna señorita
quedábase un momento,
y nosotros, curiosos, intrigados,
hablábamos de aquello:
- ¿Le enseñará problemas?
- ¿Le dará algún consejo?

Y un día, con sigilo,
Nos acercamos al salón dispuestos
a descubrir la clave
de aquel hondo misterio...

Testigo es Dios, que, al ver lo que pasaba,
fue mi arrepentimiento
como una mano férrea que oprimiera
mi corazón ingenuo!

La señorita, rosa de ternuras,
Dábale de comer al pequeñuelo
Que venía a las clases, casi siempre
Sin probar alimento.

Nosotros lo ignorábamos, pero ella
que sabía el dolor del compañero
en cuyo hogar, muchas heladas noches,
no se encendía fuego,
todos los días le llevaba, oculto,
un panecillo fresco.

Extraídas del libro “Canciones a la maestrita y otras evocaciones de la escuela” de Ismael Moya, año 1927

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