martes, 18 de junio de 2013

EL POBRE LÁZARO Y EL RICO EPULÓN Por Luis I Urquí-Madrid-España


LÁZARO
Lázaro estaba acurrucado, como de costumbre, en un rincón bajo el pórtico de la vetusta iglesia que amenazaba derrumbarse encima de él en cualquier momento, cosa en la que él no creía después de tantos años pasando muchas horas en el mismo sitio. La verdad es que Lázaro creía en muy pocas cosas, salvo una que reverenciaba, que era su amor incorruptible por el vino que vendían en la taberna del tío Nicasio, tabernero extremeño, experto en el peor vino de pitarra que pudiera pensarse, pero Lázaro no podía permitirse otro mejor, con los escasos dineros que recogía de la caridad de las beatas que iban al rosario o a misa. De todas formas, Lázaro no estaba tan alcoholizado como por ejemplo el Faldones, llamado así por los extraños pantalones que llevaba que no se sabía bien lo que eran. Lázaro aún comía algo, fundamentalmente los trozos de pan duro que le daban en algunas casas, que el roía con fruición, y guardaba con esmero en los bolsillos sin fondo del pantalón, mientras que el Faldones hacía muchos años que no comía nada, solo bebía su ración diaria de vino de pitarra y caía en un sopor del que solo salía a veces para hablar algo con Lázaro, que curiosamente no tenía ningún apodo. Eso le daba una cierta dignidad, acrecentada por su curiosa manera de hablar, que evidenciaba que había tenido tiempos mejores, aunque hace mucho tiempo olvidados. Era fácil oír a Lázaro entablar con alguna beata un curioso diálogo, como uno que se hizo famoso con Doña Palmira, que jamás le perdonó y que, sin querer, al comentarlo, extendió la fama de Lázaro al menos hasta la siguiente bocacalle.
Doña Palmira, que salía de Misa, llena de buenas intenciones y rebosando caridad, pues así conseguiría un magnífico sitio en el cielo, decidió, al ver a Lázaro acurrucado extendiendo una mano, hacer un acto de caridad y dar una limosna, cosa extraordinaria donde las haya. Dicho y hecho, le lanzó una moneda de 10 cts., y le dijo con voz de recomendación caritativa: “Tenga usted, buen hombre, pero no se lo gaste en vino”, a lo que Lázaro respondió con voz aguardentosa: “Descuide, caritativa dama de acrisolada virtud. Estos 10 cts. los invertiré en Bonos del Estado al 3% y con los réditos adquiriré un palacete en la Castellana”, volviendo a continuación a su posición habitual sin darle mas importancia al incidente y calculando cuando le quedaba para abandonar su posición de trabajo y marchar a la taberna del tío Nicasio a roer un mendrugo de hacía cuatro días, con su vino ganado, si no con el sudor de su frente, con el duro trabajo de extender un brazo de vez en cuando para solicitar la caridad.
Lázaro no era ni feliz ni desgraciado, eso era lo que tenía y no sabía de nada mas ni le importaba tampoco. Pasaba la vida a través de él, sin otro objetivo, pero, el destino es como es, y no estaba dispuesto a que la vida de Lázaro fuese ni pobre -era mísera-, ni honrada -nadie lo sabía pues no tenía oportunidades de no serlo- y, aconteció que, un día, a la salida de la taberna del tío Nicasio, entre tambaleo y tambaleo, perdió pié y cayó al suelo, con bastante suerte, pues no se rompió nada, aunque estaba realmente bastante acostumbrado pues los efectos del cochambroso vino eran fuertes y tropezaba en el mismo escalón un día si y otro también. Pero esta vez hubo algo diferente, pegado a su nariz había un papel con letras y dibujos que pensó inmediatamente podía servirle para limpiarse los mocos u otra cosa, en su momento y, por lo tanto, con gran satisfacción, lo guardó en el bolsillo junto con un mendrugo con restos de cáscara de plátano que había encontrado y que en sus momentos de erudición habría llamado: “Tosta de pan curtido a la banana madura”.
No volvió a acordarse Lázaro del dichoso papel, hasta el día siguiente, donde, al ir hacia la taberna, se encontró con  cierto tumulto a la altura de una tienda en la que él no había reparado nunca. No hizo mucho caso, pero en la taberna le informaron de que lo que había pasado es que esa tienda era una lotería y había caído un premio de 233 Millones de Euros. A Lázaro, le daba igual porque para el todo lo que pasase de un euro ya era “mucho” y no le importaba mas, aunque en algunos momentos creía recordar que había aprendido algo que llamaban la tabla del siete, pero ya no se acordaba de esas cosas. La excitación sobre todo venía de que no había aparecido el ganador y todos estaban corriendo a mirar por si eran ellos, aunque todo eran decepciones. Lázaro, ajeno a aquel guirigay se tomaba calmosamente su vino, mientras meditaba a donde tenía que ir a recoger los mendrugos sobrantes, para roerlos en su rincón favorito del pórtico.
Sin embargo, el tío Nicasio apareció excitado con sus papelicos, por si acaso eran los suyos, pero enseguida vio que no era el afortunado y todos empezaron con aquello de lo importante es la salud y cosas parecidas. Lázaro, que todavía iba medio sobrio y que era mendigo pero no idiota, comprendió enseguida que el también tenía un papelico de esos y, a lo mejor, era él la persona que buscaban, pero, el sexto sentido que le había ayudado a llegar a edad madura sin mayores problemas, actuó inmediatamente y le aconsejó cautela. Si el papelico valía “mucho”, fuese lo que fuese, las probabilidades de ser asesinado en el acto eran muchas y mejor salir arreando a meditar lo que había que hacer.
Lo primero fue esperar con calma haciendo vida normal hasta que el tema se olvidase y pudiese actuar con mucho cuidado pero más fácilmente. Lo segundo, aprender un poco como funcionaba aquello que llamaban Euromillón y luego ya vería.
Aprender lo que era aquello no fue difícil, el propio tío Nicasio cuando la rellenaba se lo explicó. El premio estaba en que los números que decían en la tienda fuesen los mismos que había en el boleto. Lázaro, sin mucha esperanza, apuntó los números mil veces repetidos en la tienda y luego a una hora intempestiva, en su rincón habitual, comprobó, estupefacto, que coincidían todos los números.


LA METAMORFOSIS
El ansiado papelico era suyo. ¿Y ahora qué?. ¿A quien podría acudir si cualquiera de sus amigos era capaz de asesinar a su madre por 1 euro? ¿Qué no harían por 100 o mas?. Por ahí no podía esperar ayuda. Y claro, si vas a la tienda con el papelico, ya está liada igual. La respuesta se la dio sin querer el Tío Nicasio, que se lo había planteado muchas veces. Mira Lázaro - le dijo- Lo tengo bien estudiado, por si acaso. Lo primero es firmar el boleto y sacar copias, sin que se entere el de la máquina de fotocopias. Lo segundo es ir con el boleto a un banco lejano, que no te conozcan, con la fotocopia y, sin darles el original, citarles en la lotería, ellos te dirán donde. Si no quieren ir, peor para ellos, no hacen falta. Allí, con el DNI, ya es coser y cantar, les das el boleto, te dan la pasta y te desvaneces.
No le parecía demasiado difícil a Lázaro, salvo por la ropa, igual tenía que lavarse, había que quitarse el olor a vino y parecer un sujeto respetable. Un DNI válido era fácil de obtener. El dinero tampoco era problema, estaba el Leblanc que le iba a resolver todo. El Leblanc era un tipo elegante que Lázaro había conocido en alguna de sus estancias en alguna cárcel y que se dedicaba a usurero y timador. Lázaro pensó que lo mejor era pedirle dinero prestado al Leblanc justificándolo con que lo necesitaba porque le habían ofrecido entrar como gancho en una banda de trileros amigos y necesitaba ropa decente. Mucho regateó el Leblanc, pero como el motivo le parecía altamente loable, le dio 300 € y le explicó: “te los presto por ser tu al 5 por 100, Es decir, al cabo de tres meses, me das 5 euros por cada euro, total mil quinientos, o sea que a trabajar, que hay mucho tajo”.
Lo primero fue ir a otro de sus contactos carcelarios para pedirle un DNI bueno, de un muerto que no había sido dado de baja y no tenía ninguna familia. Un buen DNI que le costó un primer plazo de 100€ y otros 100 a los tres meses
Con el dinero restante, Lázaro, se fue al compraventa y después de mucho regatear, compró un equipo entero por 100€, y fue a ponérselo no sin antes darse un baño cosa que le sentó muy mal y creyó morir, pero no había otro remedio.
Una vez acicalado convenientemente, se fue a un banco por el centro de la ciudad, no sin antes firmar el boleto con su nuevo nombre, Epulón García y con algo que  se parecía a la firma del DNI, que había ensayado convenientemente. Según se acercaba al banco, pensaba que estaba realmente preparado para cualquiera de los timos habituales. Eso le animaba y le daba confianza en el futuro.
Sin tomar vino y con la preparación mental que usaba cuando hacía de bueno en el tocomocho, entró resueltamente en el banco. Nadie le hizo caso y él se puso a una cola. Al final había una persona que le preguntó que quería y él pensó, este es un colega,  no voy a exagerar. “Mire usted, pues es el caso que tengo una primitiva premiada y desearía cobrarla a través de este su banco”. Las orejas del cajero se afilaron y pensando que habría algo y que este hombre, de clase media e inocente, podría ser presa fácil, decidió mandárselo al apoderado, por si acaso. El apoderado, mas desconfiado, comenzó a interrogarle hábilmente. El valor de la primitiva, Lázaro-Epulón no sabía, pero parecía mucho, la había firmado, tenía allí una copia. ¿Me permite la copia, dijo el apoderado? Con mucho gusto, eficiente caballero, dijo Lázaro, recordando una vez mas sus tiempos en el tocomocho. Cuando el apoderado se encontró con un premio de 233 millones de Euros, no daba crédito a sus ojos. Primero pensó en una estafa, luego en una broma, pero aquel honesto caballero de clase media, no parecía ser nada mas que lo que aparentaba. No sabía lo que tenía, pero no era tonto. Mejor hablar con el director.
D. Samuel, oyó las explicaciones y, por si acaso decidió investigar. Llamó a Lázaro a su despacho y después de invitarle amablemente a sentarse comenzó a charlar. Al poco rato, D. Samuel, convencido de la veracidad de Lázaro, babeaba descaradamente calculando el tiempo que tardaría en quedarse con todo, mientras que Lázaro pensaba que aquel tío estaba pidiendo a gritos un tocomocho. Ambos se equivocaban.
Lázaro, se fue a vivir a una modesta pensión donde no preguntaban nada y al cabo de unos días, siguiendo las instrucciones de D. Samuel, se presentaron en la Organización Nacional de Loterías varios representantes del banco y Lázaro con el resguardo, que resultó bueno después de unas cuantas comprobaciones y, a renglón seguido, le entregaron a Lázaro un cheque por valor de los 233 millones de hermosos euros. Allí mismo, Lázaro ingresó el dinero en el banco y a poco se deshace D. Samuel de tanto babear y babosear de la forma mas abyecta.
A partir de ese momento D. Samuel dijo a Epulón, “por favor, llámame Sam, ya que nuestra relación, mas que entre cliente y banquero es de verdaderos amigos”. Epulón, educado en la vida, le dejó seguir, pero reconoció que necesitaba ayuda para entender lo que pasaba. Lo primero dijo Sam- es que empieces a vivir de acuerdo con tu nuevo estatus de rico. Lo que necesitas es una PA Personal Assistant-  que se ocupe de ti. ¿Y que demonios es una PA?, inquirió Epulón. Pacientemente mientras calculaba su comisión, Sam le explicó que era una especie de secretaria que le ayudaría en todo. Por ejemplo: Tendrás que comprarte una vivienda digna, con muchos cuartos de baño. ¿Y para que quiero yo muchos cuartos de baño? Ves, para eso vale la PA, ella te explicará que cuanto más rico es uno tiene que tener más cuartos de baño, si no, no se es nadie. “Vale, vale, lo que quieras, dijo Epulón, trae la PA. Y así es como entró en la vida de Epulón, Virginia, conocida en otros lugares como Perfidia la Taimada,  famosa por su capacidad para limpiar patrimonios de incautos, basándose en su aspecto angelical con cara de no haber roto nunca un plato, aunque en su haber figuraban varias vajillas.
“Queridísimo Epu, dijo Virgi, -haciendo un delicioso mohín, valorado en varios miles de Euros- vamos a buscar un chalé, ropa, coches, uno deportivo blanco para mi, muebles y otras cosas necesarias, que, gracias a mis desvelos te van a costar la mitad de lo normal (el doble pensaba ella). Ya verás que feliz vas a ser. Y se pusieron a ello con gran dedicación.
Pero Epulón no era tonto, era otras cosas, pero la vida del hampa, aunque olvidada paso a mendigo profesional, enseña bastante, y decidió formar un equipo defensivo, porque al paso que iba entre Sam y Virgi le iban a dejar sin un duro en cuatro días. El primero que fichó fue el Aristóteles, filósofo de buena presencia especializado en timos elegantes y hábiles robos al descuido. El segundo fue D. Eladio “manos largas”, administrador infiel, especializado en quedarse con las fortunas de los incautos que caían en sus manos. Epulón los reunió y se reunió con los dos, Les explicó el lío de la Virgi y Sam y como el había conseguido una fortuna. Estaba dispuesto a llegar con ellos a un acuerdo amistoso admitiendo unas comisiones y robos razonables, para que, por lo menos, le llegase el dinero hasta su muerte, porque con el tío del banco sobre todo, no creía llegar a fin de mes. Una vez acordados los términos, se pusieron inmediatamente a trabajar. Aconsejaron contratar al Dalilo, matón con varios crímenes en su cuenta, para que le explicase a Sam, y de paso a  la Virgi que había llegado la hora de dejar tranquilo a Epulón, aunque podrían participar en los diversos proyectos que Epulón tenía en mente. Mucho lo sintieron Virgi y Sam, pero, a mal tiempo buena cara, ya vendrán tiempos mejores, etc. Y aceptaron la nueva relación.
Hubo algún otro problema adicional, y es que no se sabe por qué métodos, el Faldones, en un momento de lucidez se enteró de que Lázaro y Epulón eran la misma persona y asesorado por D. Nicasio buscaron la manera de sacarle algún dinero. Animados por el vino de pitarra llegaron a la conclusión de que lo mejor era que el Faldones  hiciera como los de la tele y dijera que Epulón era padre suyo, y luego ya verían. Dicho y hecho, junto con el Leblanc, que decía que era abogado, presentaron una demanda en el juzgado reclamando 12 millones de Euros por las pensiones no abonadas. El juicio se vio por fin y el juez pidió que Lázaro se sometiese a la prueba del ADN, cosa que a Epu no le dio la gana, aunque tampoco sabía que era. En vista de que no se hizo la prueba, el juez dio la razón al Faldones, aunque, solo con solo 12 euros de indemnización, pero le dejó la legítima en caso de muerte. Fue comentado el caso, porque el Faldones era tres años mayor que Epulón, pero cuando se supo que anteriormente el juez había sido magistrado del Constitucional todo el mundo entendió la sentencia. No se lo tomó a mal Epu, aunque se reía de tener un hijo tan mayor y, por supuesto, le prohibió que le llamara papi, ni en la mayor de las cogorzas monumentales que cogía aquella especie de sindicato del crimen teórico en que se habían convertido. Hasta Virgi se tiñó de rubio para ver si se convertía en la chica del gángster.
Así iba pasando la vida, de cuarto de baño en cuarto de baño procurando no repetir y planeando a la vez una multinacional del crimen y la extorsión en plan franquicias, mas que nada para entretenerse y aprovechar la experiencia en el desvalije de Sam, sobre todo. Pero, a pesar de todo, Epulón no era feliz y añoraba otras cosas.

EPÍLOGO
Un buen día de crudo invierno, hubo un gran temporal y el pórtico donde Lázaro solía pedir, se vino abajo. Al retirar las piedras, descubrieron el cuerpo sin vida de Lázaro, rodeado de botellas de vino de pitarra, con unos mendrugos viejos, pero con una sonriente cara de felicidad.
Le lloraron un poco y enseguida pasaron todos a apuñalarse para llevarse la pasta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario