miércoles, 3 de julio de 2013

Un amigo al que llamaban Toto - Por Jorge Dágata

¨Toto... era como un hombre con cuerpo de perro¨. Así describía un chico de la Escuela 1, allá por 1997, a este personaje de cuatro patas que recorría el centro, estaba presente en todos los actos y exhibiciones y elegía en cada jornada una clase a la que asistía como un alumno más, atento y respetuoso... hasta que sonaba el timbre del recreo y salía enredado entre las piernas de sus amigos, tan apurado como ellos, a jugar y compartir golosinas. Toto descansa ahora en la Plaza Libertad, enfrente de su escuela. Su evocación despertó un gesto que iluminó la cara de quienes lo conocieron y nos ayudaron a reconstruir esta historia, sencilla y emotiva como su protagonista. Aquellos chicos y chicas que hoy tienen más de veinte años escribieron algunas páginas sobre Toto. En una, se preguntan: ¨¿Cuándo nacerá un hombre así? ¨


Según Lucas Petigrosso (cuarto grado de entonces, turno mañana), ¨Toto nació con ocho hermanitos y cuando creció unas personas se llevaron a la madre y las demás crías. Se quedó solo, pero nosotros lo criamos... Iba de casa en casa. Llegaba a la escuela siempre a las 7:45 para saludar a la bandera¨.

Para Stella Cecilia Ghilardi (5to. 2ª.):

Como te sobra el amor
que los hombres no interpretan
decir que sos mi amigo
sonaría como ofensa.
Amigo es una medida
que a vos te queda estrecha.

Escribe Pablo Ferreyra (5to. 2ª): ¨Cuando estábamos por saludar a la bandera se ponía bien firme, o sea bien paradito. En el recreo nos pedía un poco de lo que estábamos comiendo... Lo querían todos los chicos y las familias que viven en el centro. Decía un señor que él siempre le daba de comer en su casa, todos los días y a la misma hora¨.
Marcelo Fabián Maza (4to. 1ª.) agrega que ¨él vivía en todos lados. Un día se quedó encerrado en una confitería y el dueño no se dio cuenta. Pero Toto empezó a aullar, el dueño le abrió la puerta y se fue¨.
Así nos vamos enterando de cómo sería la vida de este personaje, que dejó de ser uno más entre los perros vagabundos, por virtud del amor de aquellos chicos que hasta hoy, seguramente, no lo han olvidado.
Muy distinta de la vida de un perro hogareño, la mascota de la casa, el guardián, como interpretan algunos, o un miembro más de la familia, como aceptan otros. Muchos lectores coincidirán por experiencia propia -cada vez en mayor número, según parece- que en ese caso, cuando el perro adopta un amo significa que reconoce de buen grado una voluntad. Pero no de cualquier manera, servilmente. Lo hace con el acuerdo tácito e innegociable de que se respetarán sus modestos derechos, para él tan valiosos como para nosotros los que proclamamos hasta en los foros internacionales, sin que por eso seamos capaces de ponerlos en práctica, como ocurre con tanta frecuencia. La diferencia en su favor es que el perro no puede mentir, ya que no habla.
Nos permite ser severos con él, siempre que nos mantengamos justos. El engaño, el menosprecio, la injusticia, le provocan un rechazo capaz de alejarlo, hacia una separación que el alto grado de su afecto vuelve más dolorosa. Es sólo que nuestra soberbia de reyes de la creación algunas veces nos impide darnos cuenta. Quizás a todo esto se deba la comprobable afinidad de niños y perros.
Él no se fía en las palabras, a pesar de que comprenda el tono de una orden, un reproche o un trato amable. Puede entender perfectamente, más que el lenguaje hablado, un cambio de humor; si nos sentimos mal o estamos, en cambio, dispuestos a jugar con él; si hacemos los preparativos para un viaje que nos alejará por un tiempo. Quien quiera verlo lo verá en sus orejas, en los gestos de todos su cuerpo, aplastado contra el suelo, en su deambular por la casa y, por supuesto, en el ayuno voluntario que se impone por la ausencia, aunque nadie pueda valorarlo.
Si su amo  -mejor: su amigo- ha llegado triste a casa, cansado, frustrado en sus ilusiones por alguna de las tantas causas que cada día encuentra para estarlo, su perro se acercará cauteloso; se recostará en la almohada de sus pies para que sienta el calor, o apoyará el hocico en sus rodillas, no para pedirle nada, sino para ofrecerle compañía y una comprensión que el rey derrotado no encuentra en sus semejantes. Le estará diciendo: no importa si hoy fracasaste, si te traicionaron, si perdiste o te obligaron a renunciar a un sueño; no importa: también hoy, yo estoy de tu lado. Si el amigo humano logra entenderlo, a pesar de su proverbial limitación para descifrar los lenguajes más claros, el perro irá a buscar la correa y enfilará contento hacia la puerta. Le estará diciendo muy suelta y francamente que lo invita a dar un paseo, para que juntos olviden esos males que además de pasajeros, sabe bien insignificantes comparados con todo lo que el mundo ofrece de grato y saludable si se tiene una buena compañía.
Pero Toto no tenía un hogar así, ni un único amo o amigo. Lo suyo era el barrio: la plaza, la escuela, la Iglesia.

Los cachorros vagabundos
como criaturas huérfanas
valoran más la ternura
y pagan con más nobleza:
tan sólo pedías cariño
a los chicos de esta escuela.

Una expresión acertada de Stella Ghilardi (la niña de entonces), que una y otra vez en su página lo recuerda como a ¨un gran amigo¨.
¨Un día lo atropellaron -cuenta Lucas Petigrosso- pero a él nunca lo abandonaron. Lo cuidaron durante dos meses y después venía igual que antes a la escuela. Le costaba un poco subir los escalones, pero lo hacía¨.
¿Qué no haría, por puro sentimiento?
Toto murió, en escala humana, a una edad que rondaría los 91 años. Grandes y chicos de entonces decidieron que descansara en la plaza, enfrente de la escuela. Donde estaba su hogar.
Cuenta uno de los presentes en ese acto de despedida que un transeúnte preguntó a qué se debía la reunión de tantas personas en el lugar. La explicación que le dieron no lo conformó y siguió su camino con un gesto despectivo.
Una posible respuesta. La otra, esa valoración que exalta la amistad e interpreta a una escuela o un barrio -o un país- como una comunidad, no sólo una reunión de seres con conflictos, rivalidades e intereses, sino también, y principalmente, de afectos e ideales compartidos. Cuando los reyes de la creación lo olvidamos, es posible que Dios nos envíe a alguna de sus criaturas más humildes para que rascándonos con su patita o empujándonos con su hocico, aunque sea por un rato, nos conceda recuperar la capacidad de comprenderlo.


Este texto ya fue publicado en el Diario Semanal y por gentileza de su autor lo reproducimos nuevamente.

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