miércoles, 3 de julio de 2013

LOS MÍSEROS – Por Víctor Hugo

Víctor Hugo, celebérrimo poeta y novelista francés, nació en Besanzón el 26 de febrero de 1802, y murió en París el 22 de mayo de 1885. Fue el poeta más notable ¿el siglo XIX, y uno de los más grandes escritores que ha tenido la humanidad. Produjo obras maestras en todos los géneros poéticos: en el dramático, en el épico y en el lírico. Escribió también mucho en prosa.
En nuestro libro tendremos ocasión de leer varias de sus composiciones. La primera de las que van a continuación describe de modo bellísimo la vida mísera y trabajosa de un pobre pescador, que a diario se ve juguete de las olas y amenazado de todos los peligros del mar, para poder mantener a su numerosa prole. La miseria no ha emponzoñado los nobles y generosos corazones del pescador y su mujer, quienes, a pesar de su extrema pobreza, no vacilan en acoger paternalmente bajo su humilde techo a dos huerfanitos, dejados solos y sin amparo en el mundo, a la muerte de su madre.

Hay en esta poesía un gran caudal de sentimiento sincero y sano, y su autor muestra en ella la profunda simpatía que siempre le inspiraron los desheredados de la fortuna.


I

Anocheció   en   la  playa.  Triste  y  pobre,
Más bien cerrada, es la cabaña estrecha.
Pavorosa el hogar llena la sombra,
Pero algo se vislumbra, que destella
En su incierto crepúsculo.  A los muros
Penden del pescador las redes secas,
Y en rudas tablas ordenados brillan
Groseros platos de cocida tierra.
Allá en la oscuridad, en los flotantes
Pliegues de anchas cortinas encubierta,
Pobre cama se ve, y en jergón duro
Sobre sólidos bancos de madera,
A lado durmiendo cinco niños,
Nido de almas parecen. Y siniestra
De roja luz el techo ennegrecido
La llama tiñe, que dormida humea
En el hogar, desierto.  De rodillas
Una mujer junto a la cama reza,
Y al rezar palidece su faz triste.
Es la madre. Está sola. Y allá fuera
Cubierto el hondo mar de blanca espuma,
Al cielo y a los vientos y a las peñas
Y a las pálidas brumas y a la noche
Lanza el sollozo de su lucha eterna.

II

El hombre está en la mar.   Desde su infancia
Con el azar batalla en tenaz guerra.
Marinero nació: ¿Llueve?   ¡Qué importa!
¿El cielo entolda lóbrega tormenta?
¡Qué importa!  Sale y a la mar se arroja,
Que hambre tienen sus hijos.  A la vela
Hácese por la tarde, cuando sorda
Asciende amenazante la marea.
Los cables todos de su frágil barca
Él solo rige y el timón gobierna.
La mujer, en la choza, los jirones
Cose hacendosa de las velas viejas;
Teje la red y los anzuelos ata;
Junto al hogar, en la cocina, vela,
Do el caldo cuece de la sobria sopa,
Y a Dios eleva su oración, apenas
Ve dormidos en paz los cinco niños.
Él va, juguete de la mar revuelta,
Sobre el abismo en la profunda noche.
Frío y oscuridad callados reinan.
Nada se ve. Donde en corrientes raudas
Enloquecidas hínchanse y golpean
Los flancos del bajel las turbias olas,
Del Océano en la extensión inmensa,
Está el móvil lugar donde las redes
Sus mallas cargan de segura pesca,
Do sus aletas de bruñida plata
Los peces tienden, que del mar se albergan
En las verdosas rocas.   ¡Cuánto esfuerzo
En noche helada de Diciembre cuesta
Aquel punto, que flota entre las ondas,
Hallar bajo los pliegues de las nieblas!
¡Con qué profundo instinto el viento rudo
Ha de medirse y la corriente gruesa!
¡Qué mano tan segura regir debe
El fiel timón y combinar las velas!
Las olas mueren en la extensa playa;
Él abismo revuélvese y despliega
Y a plegar vuelve el ancha superficie
Sobre la cual temblando el mástil vuela.
Y él, en el seno de la mar bravía,
En la sufrida esposa mudo piensa,
Y ella lo llama con dolientes ayes;
Y entre las brumas de la noche densas,
Crúzanse sus amantes pensamientos,
Palomas de sus almas mensajeras.

III

Reza la esposa, y sus plegarias turban
Las marítimas aves, que agoreras
Al viento dan el áspero graznido;
La espanta el mar, que en las bruñidas piedras
De inmóvil escollo su furor quebranta;
Y vagas cruzan por su mente inquieta
Horribles sombras, pérfidas oleada
Y marinos que van rodando entre ellas.
Y en su caja el reloj, de metal frío,
Palpita, cual la sangre en las arterias,
Y gota a gota sobre el mundo vierte
Horas, días, inviernos, primaveras:
Y cada vibración abre a las almas,
Alado enjambre en que mezclados vuelan
Halcones y palomas, de la cuna
Y del sepulcro las fatales puertas.
Y la esposa medita previsora:
« ¡Qué horrible condición! ¡Cuánta miseria!
Descalzos en invierno y en verano
Mis hijos van. Ya trigo no nos queda.
¡Pan de centeno! ¡Oh Dios! » El viento silba
Como fuelle en la fragua, y lastimera,
Con el estruendo del golpeado yunque»
Batida por la mar, la playa suena.
Parece que en el cielo ennegrecido
Arrastra el rudo viento las estrellas
En veloz remolino, cual las chispas
Del encendido hogar. Y la hora es esta
En que va la traidora Medianoche,
De sombras y pavor la faz cubierta,
En alas de los cierzos por los mares;
Y al navegante que azorado tiembla,
Ase con mano fría y en las rocas,
Que a su voz se alzan súbitas, lo estrella.
¡Horror!   ¡Horror!  El hombre cuyos gritos
Se apagan en la voz de la tormenta,
Vacilar siente su bajel y hundirse.
Tenebrosa a sus pies la sima abierta
Ve, y en la anilla sólida de hierro
Del muelle, donde el sol tomaba, piensa!
Y su espíritu anublan estas vagas
Tristes visiones, cual la noche negras:
Y se estremece y llora.

IV

¡Cuán infausta
Es vuestra dura suerte, oh compañeras
Del infeliz marino!  ¡Cuan horrible
Es decir: « Todos los que el alma precia,
Hijos, esposo, padre, hermanos, todos,
Todos allá, en la mar, entre olas ruedan! »
¡Dios!   ¡Ser juguete de volubles aguas,
Víctima es ser de caprichosas fieras!
Pensar ¡ay!   que con seres tan queridos
Al azar las corrientes tal vez juegan,
Y que en su trompa retorcida el viento
Sobre ellos sopla ráfagas violentas;
Que zozobran quizás en este instante,
Y que para afrontar la ira soberbia
Del piélago sin fondo y de esos cielos
Do ningún astro alumbra las tinieblas,
Sólo tienen ¡oh Dios! frágiles tablas
Y el lienzo hecho jirones, de sus velas!
¡Horrible incertidumbre!  Corren locas
Sobre ese lecho de redondas piedras
Que a la orilla amontona la resaca,
Asciende y sus pies baña la marea:
Y « Mis hijos devuélveme», le gritan.
Mas ¿qué queréis que en su siniestra lengua
Diga al siempre sombrío pensamiento
La amenazante mar, siempre revuelta?

¡Pobre mujer de pescador!  Y Juana
Aun es más infeliz.   Solo navega
Su esposo. ¡Solo, en tan horrible noche!
¡Solo bajo el sudario de la niebla!
Demasiado pequeños son tus hijos,
Madre, y exclamas en tu cuita acerba:
«¡Si ellos fuesen mayores!   ¡Va su padre
Tan solo por el mar!...» ¡Mentidas quejas!
Un día, cuando afronten, de ti lejos,
Con su padre, del mar la furia eterna,
Dirás, la faz bañada en llanto amargo:
«¡Oh   santos   cielos!   ¡Si   pequeños   fueran!...

V

La capa toma y la linterna. Es la hora
De ir a ver si ya vuelve a la ribera,
Si el mar, más apacible, se adormece,
Si el día en el Oriente ya alborea,
Si brilla aún en el mástil encendida
La luz que al pescador la playa muestra.
«¡Vamos! » Y parte.   El soplo de la brisa
No anuncia aún la mañana, ni blanquea
La luminosa línea que se extiende,
Nuncio del alba, sobre el mar. No cesa
La fría lluvia, y nada es más sombrío
Que la lluvia si el día ya se acerca,
Parece que dudosa la mañana
Tímida y vacilante se detenga,
Y que, cual niño, el alba, al nacer llore.
Y ella sigue marchando. Y no hay abierta,
Por pálido fulgor iluminada,
Ventana alguna en la dormida aldea.

De repente a sus ojos, que buscaban
Entre las sombras lúgubres la senda,
Vieja choza aparece misteriosa.
Ni fuego allí, ni luz. Cerrada puerta
Palpita al viento, que la bate. Oprime
Techo que amenazante cae a tierra,
Las tapias, que los años desmoronan
Y destructor el ábrego golpea
El bálago, que sucio y amarillo
Apenas cubre la vetusta cueva.
«Ya eché en olvido a la angustiada viuda,
La mujer exclamó: sola y enferma
Hallóla mi marido el otro día:
Llamemos; ¡infeliz! ¿qué será de ella? »
Llama a la puerta. Todo calla. Vuelve
Otra vez a llamar. Fúnebre reina
Hondo silencio.  Tiembla al viento frío Juana.
« ¡En la cama, sin valer sus fuerzas!
¡Y sin pan, y con hijos!   ¡Pobres hijos!
¡Verdad es que tan sólo dos le quedan!
¡Mas, viuda y pobre! » Y llama y no responden.
- Hola! ¡escuche, vecina! —Y no contestan.
« ¡Cuan dormida estará, que tantas veces
Me hace llamar! »  Pero la rota puerta,
Cual si compadecida la escuchase,
Por sí misma en la sombra se abrió lenta.

VI

Entró, y el interior de la cabaña,
Muda junto a las ondas turbulentas,
Iluminó su luz.  La lluvia el techo
Penetraba, y caía en gotas gruesas.
Forma terrible en el oscuro fondo
Tendida yace.   Inmóvil, muda, yerta,
Una mujer, los fríos pies descalzos,
Las pupilas sin luz, fijas y muertas:
¡Cadáver hoy, ayer madre gozosa!
Espectro de la muerte y la indigencia:
¡Cuanto del pobre, tras su luengo y rudo
Fatal combate con el mundo, resta!
Su helada mano desplomóse inmóvil
Sobre la paja de su lecho seca;
Y horrorizaba su entreabierta boca,
Donde el alma, al huir, lanzó siniestra
Ese grito solemne de la muerte, Que oye la eternidad!
Con faz risueña
Dos ángeles dormían en la cuna,
Junto al cadáver de su madre.Y ella
Viéndose ya morir, con sus vestidos
Envuelto había, porque no sintieran
El hielo de la muerte, sus pies tiernos;
Y su lecho abrigó con mano incierta
Para que  en  paz durmiesen, mientras.
fría, Ella temblada en la agonía extrema.

VII

¡Oh cómo duermen en la móvil cuna!
En su frente la paz brilla serena.
Parece que a esos huérfanos dormidos
Rumor alguno despertar no pueda,
¡Ni el clarín del juicio!; es que inocentes
Son, y a su juez no teme la inocencia.
La lluvia en turbión cae sobre la playa,
Y sobre el rostro a veces de la muerta
El viejo techo arroja helada gota.
Que en sus mejillas lágrima semeja.
Como campana que doliente gime,
La onda incesante en las orillas suena.
Impasible la muerta escucha inmóvil.
El cuerpo, cuando rompe la cadena
De la vida el espíritu radiante,
Aun busca al alma, y en extraña lengua
Parece que asombrados así dicen
Los ojos mustios y la boca abierta
- ¿Qué  has hecho, boca, de tu blando aliento
- ¿Qué hicisteis, ojos, de la lumbre vuestra?
¡Amad, vivid, reíd, coged las rosas,
bailad. al loco son de danzas ebrias,
Llenad él corazón, vaciad los vasos;
Como el arroyo al mar sus aguas lleva,
El tiempo arrastra cunas y festines,
Ósculos del placer, que al alma ciegan,
Cántigas, risas, júbilos y amores
Al hondo seno de la tumba eterna!

VIII

¿Y qué ha hecho Juana en la funesta choza?
¿Qué es lo que oculto, de su capa negra
Leva en los pliegues húmedos?   El paso
Por qué inseguro y presuroso asienta?
¿Y por qué, sin osar volver los ojos,
Medrosa corre por la calle estrecha?
¿Qué es lo que esconde tímida y turbada,
En su pobre cabaña entrando a ciegas,
Dentro del lecho?   ¿Qué es lo que ha robado?

IX

Cuando en su casa entró, con luz incierta
La playa iluminábase dudosa.
Tomó una silla y se dejó sobre ella
Caer junto a la cama, de la mate
Palidez del pavor la faz cubierta.
Parecía que horrible sus entrañas
Fatal remordimiento corroyera,
Y su frente cayó sobre la almohada,
Y su boca temblante y entreabierta
Interrumpidas frases murmuraba,
Mientras que el hondo mar rugía cerca.
« Mí marido, ¡gran Dios!, ¿qué va a decirme?...
¡Tantos cuidados sobre el pobre pesan!   ..
Con cinco hijos!... Señor, ¿qué es lo que hice?
¡Solas sus manos para tantos! ¡Y eran
Pocos, y aún le doy más!... ¿Es él? No; nadie.
Hice mal. Si se enoja y me golpea,
Razón tienes, diré. ¿Viene?  No viene. Mejor. 
¡Jesús! parece que alguien entra.
Pero no: es, que la choza bate el viento.
¡Pobre marido mío! ¡Ya te espera
Temblando tu mujer, y temerosa
Se asustará de verte abrir la puerta!»
Y pensativa y tímida, en silencio ,
Largo tiempo quedó, de la honda pena
Que el pecho comprimido le desgarra,
En la ansiedad desconsolada envuelta,
Sin oír más que el lúgubre graznido
De los marinos cuervos, y la tétrica
Voz de las olas y del viento airado.

Y la puerta por fin se abrió violenta;
Blanca la luz esclareció la choza,
Y del umbral sobre la humilde piedra
El pescador apareció, sus redes
Arrastrando tras sí, lacias y hueras.

«¿Eres tú? », gritó Juana, y a su pecho,
Como la amante al amador estrecha,
Estrechó a su marido, y casto beso
Imprimió en su bañada blusa, mientras
El marino, con voz alegre, «¡Mira,
Exclamaba, mujer, ya estoy de vuelta!»
Y el júbilo irradiaba su semblante,
De un alma ruda y resignada y buena.
« Me han robado, exclamó; ya son peores
Las aguas, que los montes y las selvas.
¡Me han robado! - Y el tiempo, ¿ha sido bueno?
- ¿Bueno? ...  ¡Malo! ¡Malísimo! -¿Y   la pesca?
- ¡Peor!; pero te abrazo y no me apuro.
Ni un pez pude coger. ¿Cómo lo hiciera,
Si las redes se han roto en mil pedazos?
Sin duda alguna los demonios eran
Los que soplaban el maldito viento
Que esta noche reinó. ¡Qué noche!
Gruesas eran las olas cual montañas.
Casi Zozobré. Se rompieron cuatro cuerdas.
Y ¿qué hiciste tú en tanto? » Frío horrible
Cundió de Juana en las temblantes venas.
«¿Qué hice yo?   Lo de siempre. Aquí sentada,
Cosiendo estuve. De la mar soberbia
El fragor escuchaba, y miedo tuve.
—Crudo será el invierno que se acerca.
Pero ¿cómo ha de ser? » Y temblorosa
Como los que obran mal, entonces ella
« Mira, ya ha muerto la vecina, dijo.
Ayer debió morir   O quizás esta
Misma velada, cuando tú corrías
Por el mar. Pero da lo mismo. Y deja
Dos hijos en mantillas. Y Guillermo
Se llama el uno, y la otra Magdalena.
Aún no puede él andar, y ella aún no habla.
¡Pobre madre! ¡Y ha muerto en la miseria!»

Aspecto grave revistió el marino,
Como quien algo embarazoso piensa,
Y a un rincón arrojando el sucio gorro,
Bañado en agua amarga., y la cabeza.
Rascándose, exclamó:« ¡Diablo! eran cinco!
Con dos más, serán siete. ¡Ya la cena
Faltaba a veces!  ¡Ahora nada digo! |
¡Bah, bah, bah!  No será la culpa nuestra.
¿Cosas de Dios!   Él sabe estos misterios.
¿Por qué a esos pobres chicos no les lleva
La madre?... Sí; son estas unas cosas
Que es preciso estudiar para entenderlas.
¡Tan pequeños! Decirles nadie puede,
Trabajad y comed.  Vé; tú eres buena.
Juana, vé, vé, por ellos.  ¡Cuánto miedo
Tendrán, si junto al lecho se despiertan
De la pobre mujer!  Mira, es la madre
Que Llama atribulada a nuestra puerta.
Abramos a sus hijos. Con los nuestros
Crecerán juntos, y en las noches lentas
De invierno abrazarán nuestras rodillas.
Todos serán hermanos. Cuando vea
que otros dos hijos mantener debemos,
Dios más copiosa nos dará la pesca.
Vino no beberé: buena es el agua.
Trabajaré algo más. ¡La cosa es hecha!
Mujer, corre a buscarlos.  ¡Oh! ¿qué tienes?
¿No te place? Vas siempre más ligera
Cuando vas a hacer bien. - Míralos, hombre »,
Dijo, entreabriendo las cortinas, ella.

Extraído de “El Tesoro de la Juventud”, tomo IV. W.M. Jackson Editores, año1957

4 comentarios:

  1. Es la única que tenemos, extraída de un manual de declamación de 1925. Si conseguimos otra la publicaremos

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  2. Gracias por la respuesta. Si pueden enviarme las fotocopias lo apreciaría muchísimo. Mi abuela recitaba la obra completa. Gracias!

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  3. Rascmi, cumplimos. En el final del texto está el libro dónde lo encontramos.

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