miércoles, 26 de junio de 2013

Dos Poemas de Jorge García Sabal

Jorge García Sabal  (1948-1996) nació en Balcarce, provincia de Buenos Aires. Publicó estos libros de poemas: El fuego de las aguas (1979), Figura de baile (1981), Mitad de la vida (1983), Lugares propios (1987), Tabla rasa (1991), Sutura (1994) y una Antología poética (1996).  
En ocasión de visitar la Feria del Libro invitados por el Instituto Cultural del la provincia de Bs. As., una asistente a la charla nos hizo referencia al autor de origen balcarceño Jorge García Sabal de quien reproducimos estas poesías. Debido al desconocimiento propio sobre su existencia, decidimos investigar y en una página de internet descubrimos estas y otras obras.  
Nos enorgullece reproducirlas para nuestros lectores aunque ignoramos otras referencias a su obra y vida. Si algún amigo conoce otros detalles estaremos gustosos de publicarlos.


POEMAS
I

Los hombres y las mujeres de este pueblo
andan descalzos, pisan desnudo.
Ni el sol ni la lluvia ni la sombra
los hace felices o tristes; ellos
pisan desnudo, sin codicia.

Los hombres y mujeres de este pueblo
afilan piedras, engendran, festejan
con vino, tienen sueños nocturnos, mueren.
En silencio miran y pisan la tierra desnuda,
la aprietan, amontonan huesos, los tapan.

La gente de este pueblo es pobre y no
piensa más allá, no habla al futuro:
sólo apisona, ni feliz ni triste y
con huesos, piedras, sueños, cubre
y descubre lo que un día ha de nombrar:

memorias, involuntarios recuerdos, épicos
asuntos.


                                    Fin de ruta

Era un hombre viejo que murió. Nada
dejó para eso que llaman la memoria
del mundo: ni árbol ni libro ni hijo
tuvo. Fue nadie.

Distraído caminaba las calles de la ciudad,
su soledad y encierro; distraído solía mirar
de día y de noche el arco cóncavo, cíclico
en azul iluminado, tormenta, lluvia, estrellas.

Lóbrego, solo y con frío, muerto de muerte
natural en una esquina cualquiera, repetía,
lo oí, la mano alzada con la voz ¿qué son
esas cosas? ¿qué significan?

Así decía señalando el arco cóncavo
que llamamos cielo.






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