miércoles, 26 de junio de 2013

UN ARTÍCULO PARA REFLEXIONAR - Jorge A. Dágata

¿CARRERA DE LECTORES? 
Por Mirta Goldberg Conductora de Caminos de Tiza, Canal 7  

En los últimos meses han tenido difusión distintas iniciativas relacionadas con la lectura, provenientes de Instituciones, Fundaciones, ONG y empresas diversas.
Algunas de larga data, otras haciendo sus primeros pasos en el tema, lo cierto es que sumadas, para bien y para mal, permite sospechar que ocuparse de la lectura de los niños, está de moda.
Esto resulta tan prometedor como riesgoso, ya que coexisten concepciones y criterios antagónicos para abordar proyectos de esta naturaleza.
Se generan entonces, tanto acciones acertadas, como otras pretensiosas, superficiales y hasta bizarras.
De este bombardeo, participan padres y maestros que suelen ser víctimas de mensajes confusos, incoherentes  y hasta contradictorios.
Reciben por un lado, argumentos críticos hacia las que fueron prácticas lectoras propias de nuestra escuela conductista . A saber: lecturas con fines evaluativos, descontextualizadas, como mero ejercicio de decodificación; lectura formalmente correcta a partir de un modelo, lectura-castigo, limitada, útil, impuesta y para rendir cuentas al maestro sin guardarse nada.
Para desandar y despojarse de estas ideas, muchos especialistas en formación de lectores, autores y bibliotecarios trabajaron-trabajan para revertir estos caminos que la escuela marcó. Cual un ejército silencioso de práctica artesanal, en encuentros cara a cara por pueblos y ciudades de todo el país, con el respaldo esporádico de los Organismos oficiales, buscan recuperar el lector que cada uno lleva dentro, para después ofrecerse como puente entre lecturas y lectores.
Actualmente circulan iniciativas del tipo de “maratones de lectura”, “festivales de disfraces de los personajes literarios”, acompañadas de categorizaciones rígidas de los libros por edad y sexo; que ameritan algunas reflexiones.

En sus marcas, listos, ya...

Las maratones de lectura, de origen americano, proponen alcanzar una meta previamente acordada: leer tantos libros en tantos minutos.
E incluyen un premio al ganador, que a veces se efectiviza en dinero.
Como mensaje, queda valorizada la cantidad, la velocidad y la competencia. Leer pasa a ser una carrera para ganarle a otros.
( En todo caso cuando hay lectura todos ganan y cada uno se gana a sí mismo).-
No se lee contra reloj como si se nadara en una Olimpíada deportiva. Leer no tiene por qué ser una carrera imparable, desenfrenada y sin aliento. La lectura admite pausas, relecturas, evocaciones.
Cada lector hace aproximaciones distintas al objeto libro: puede hojearlo, dejarse tentar por las imágenes, por el título; cada lector tiene su ritmo; va trotando los versos, degustando las palabras, entregándose al laberinto de una novela. Y cada texto se ofrece de otro modo; por ágil, por denso, por descriptivo, por complejo.
Se trata de un triángulo amoroso; autor, lector, texto dueños de un romance del que no participamos.
A quién se le ocurriría premiar en una exposición de arte, al que ve más cuadros en menos tiempo; o al que escucha más conciertos en un día.
Se puede devorar una novela en una noche, claro que sí; pero como decisión y necesidad personal.
La maratón obliga compulsivamente a una lectura tras otra, sin que el lector pueda decantar lo leído, registrar cómo lo atraviesa y despedirse de las criaturas-personajes y sus escenarios, antes de ingresar en otros.
No se trata de instalar un hábito-rutina cual cepillado de dientes. Leer implica una decisión, un compromiso a partir de una necesidad y una búsqueda de disfrute, refugio, entretenimiento.   Para leer hay que habilitar un tiempo y un espacio en nuestras vidas, animarse a estar con la única compañía del texto.
“Entre en sí mismo, ame su soledad”_ decía Rilke.
Leer puede ser un acto de resistencia, reparador, iluminador; porque nos construye y nos afirma, nos indaga y nos devuelve al ruedo más fortalecidos.
No es necesario disfrazar la lectura con crema chantilly. ... Basta el encuentro con la palabra, la escritura, lo que narra y cómo lo juega ; los sonidos, los arrullos  y las emociones que en su  atrevimiento nos  provocan.
Aunque muchos, desconfiando de los niños, proponen  que ellos lean sin darse cuenta que leen. Como cuando las madres hacen flan para que tomen leche. Así, aparecen libros con regalitos, libros de la mano de famosos, libros adaptaditos... Claro que cuanto más débil sea el texto,  más festival será necesario a su alrededor.  
Habrá que preservarse de absurdas maratones, que lejos de ser inocuas, dejan sus buenos moretones: la frustración de perder, el atoramiento o la gula  involuntaria, la creencia en el mérito de la rapidez.


UN ARTÍCULO PARA REFLEXIONAR - Jorge A. Dágata

Algunas reflexiones suscita este artículo de Mirta Goldberg, más allá de su mérito esclarecedor y de las coincidencias que guardemos, en general, con sus muy respetables opiniones.
Recuperar hábitos lectores, enriquecer a nuestra sociedad a través de ellos, es una empresa por demás compleja y de muy largo aliento, que obviamente no conformarán acciones puntuales como ésta, la tan poco felizmente llamada “maratón” de lectura.
Sin embargo, unida a otras muchas que hacen falta, esa jornada distinta puede ser muy útil en la empresa; de hecho, por la experiencia directa que de ella he tenido, creo que lo es.
El concepto maratónico o de carrera, o de acumulación de lecturas en el menor tiempo posible, se diluye si los docentes que implementan esa acción pierden de vista el objetivo básico que da sentido a esta actividad. Felizmente, en nuestro país aún vive la tradición docente humanista, contrapuesta a aquella de competencia, premiada (¡y con dinero!),  o de suma numérica de textos leídos, o de mera exposición mediática de una institución educativa, es decir, lo que genéricamente podríamos llamar espíritu mercadista.
Así, en la escuela en que me tocó participar (la Escuela Nº 1), se inició la jornada ingresando a textos aptos para la franja etárea a que iba dirigida la actividad: canciones que los chicos conocían y acompañaron, algunas de ellas verdaderas obras de arte, del arte popular, cuyo valor no se agota clasificándolas como “infantiles”. Participaron docentes, por supuesto, pero también escritores de nuestro medio, padres de alumnos e integrantes de la Escuela de Arte. En este último caso, los intérpretes tenían edades similares a las del auditorio. Esto le da un valor positivo a la “maratón” (¿qué tal si le cambiamos el nombre?), porque nuestros chicos vivencian que la lectura no es otra actividad “escolar”, u “obligatoria”, o en todo caso un escape rutinario a la rutina. La presencia de los padres acompañándolos en esa aventura de entrar al mundo de los libros pone el acto de leer junto a los afectos, a la firmeza del apoyo familiar, tan necesario en esta época, en el plano de aquellas cosas que no son para una etapa, sino para toda la vida.
Esto aconteció en la apertura, por la mañana, continuada en distintos espacios de la escuela: aulas, patio, biblioteca. En el siguiente turno la actividad se trasladó a otro ambiente: a la plaza (en una “tarde divina de octubre”, les dirá Alfonsina cuando la conozcan). También debe anotarse en el haber de la jornada: ligar la lectura a una forma de recreación, en un ambiente grato y desestructurado.
La participación de los chicos reveló un trabajo previo; es decir que la jornada no me pareció un accidente en un camino árido, sino un momento especial de algo que, no en todos los casos pero sí en muchos, los docentes transitan todo el año.
No hubo ganadores ni premios. Mejor dicho: todos ganamos. Los chicos, por lo que esto significará para ellos. Los docentes, por la satisfacción que se siente cuando una actividad muestra sus resultados con evidencia, algo que pocas veces nos ocurre, por la naturaleza misma de nuestra labor. Y claro que también hubo premios. Algunos lo habrán percibido al final de ese día; otros se darán cuenta alguna vez, más adelante, quién sabe, cuando descubran cuánto se les ha enriquecido la percepción de las cosas, el conocimiento, la reflexión, la sensibilidad, por virtud de ese acto que parece tan tonto: tirarse un rato en el pasto para leer un buen libro.
Es útil tener en cuenta el artículo de Mirta Goldberg, reflexionar sobre los aspectos negativos que muy bien plantea, y apelar a la creatividad y el conocimiento para superarlos. Mientras así sea, la “moda” de ocuparse de la lectura de los niños quizás contradiga su esencia, y no pase.

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