miércoles, 26 de junio de 2013

El Arañú - Osvaldo Luis Huck

“Allá lejos y hace tiempo”  como diría don Guillermo Enrique Hudson  tomé conocimiento del relato del personaje llamado Arañú, de la manera más antigua que ha tenido la raza humana para transmitir sus culturas, la forma oral.
Esto sucedió hacia 1945, más o menos, en la zona de Villaguay, en la provincia de Entre Ríos, donde entonces vivíamos con mis padres, mis abuelos y tíos. En nuestra casa vivía además doña Dominga, una paisana grandota ya entrada en años que cuidaba de mí y de mis hermanas, mientras mi madre realizaba otras tareas de la chacra. Por esos tiempos oí de boca de mis mayores, que el marido de doña Dominga, al que llamaban el Arañú (aunque no podía decir con certeza si ese era su nombre o su apodo) había sido un gaucho alzao, matrero, cuatrero, etc. Sus correrías habrían tenido lugar hacia la década del veinte, y siendo niño tuve la oportunidad de conocer a uno de sus hijos, al que llamaban “Quencho”, y que por ese tiempo ya tendría algo más de veinte años.
En esa época vivíamos en le campo y no teníamos radio, ni heladera, ni luz eléctrica, ni televisión, y la primera música que escuché fue de una vitrola a cuerda que alguien trajo a casa, junto a unos discos de Gadel, rancheras, valses, chamamés, etc.
De esos momentos de asombro por ese prodigio, me quedó grabada para siempre la imagen del perrito overo de la R.C.A. Víctor escuchando atentamente, con la cabecita ladeada, “la voz del amo” que salía del fonógrafo.
En esa época de cincuenta y tantos años atrás, para todo niño de seis era un mundo mágico, y escuchar las aventuras del gaucho Arañú, era similar a escuchar las historias de personajes como Robin Hood o las del Llanero Solitario, que conocí muchos años después.
Por eso escuchaba “embobado”, quietito y atento “como chancho en la troja”. Después, cuando estaba solo, montando mi caballo de palo de escoba o en mi petiso overo que me llevaba a la escuela y al que llamaban “Birín” (nunca supe por que), imaginaba que yo era el gaucho Arañú, saltando alambrados y burlando a los milicos, porque esa era una de las picardías con que el gaucho solía divertirse. Cuando una partida policial montada andaba campeándolo, el tal Arañú aparecía en la orilla de las selvas de Montiel, montando su famoso caballo gateao y llamaba su atención lanzando un fuerte zapucay, golpeándose la boca, toreando a los milicos para que lo persiguieran. Y allá iban los uniformados, echados sobre el tuse de sus caballos, una y otra vez, en una inútil persecución, porque el gateao era como una liebre entre la frondosa selva donde se hacía “perdiz”.
Su dueño lo había entrenado `para eso y el noble caballo respondía a la perfección.
El Arañú era el clásico producto de la sociedad en que le tocaba vivir, y ésta era el resultado de malos gobiernos que ha debido soportar nuestra patria. La injusticia social trae como consecuencia la pobreza y el hambre; y el hambre fue lo que lo llevó a carnear alguna res ajena para darle de comer a su familia, y al los necesitados de otros ranchos pobres. Para él, carnear a campo era cosa sencilla; era audaz, diestro para el caballo, para el uso del lazo y las boleadoras, y además baquiano y muy conocedor de la zona.
Así se fue agrandando la cosa y, ya más organizado y con algún ayudante, empezó a llevar pequeños arreos al Uruguay o al sur de Brasil, donde vendía el ganado substraído y volvía a sus pagos para ayudar a los pobres y necesitados, que carecían de otro amparo.
Una vez, no sé si por descuido o porque lo traicionaron, lo prendió la partida policial y lo traían esposado con las manos atrás, montado en su propio caballo que un milico llevaba de tiro. Arañú los conversaba para que lo soltaran y les decía: …”ustedes son gauchos como yo y saben que no tengo más delito que haber robado alguna vaquita pa´dar de comer a los pobres…”, pero no los pudo convencer. Al llegar a una estancia pasaron por unos corrales, y mientras un milico a pie cerraba y colocaba la cadena a la tranquera, el matrero aprovechando un descuido de sus custodios, le pegó un grito y le cerró los tacos a su gateao que, así como estaba parado, le quitó al que lo tenía y saltó el alambrado.
Cuando los milicos abrieron la tranquera y quisieron perseguirlo, hombre y caball9o ya iban entrando al monte, donde ya era inútil perseguirlos.
Fue pasando el tiempo, y como todo hombre que hace algo bueno por los demás, el rumor popular fue agrandando la fama de su benefactor, y se le atribuían amores, andanzas y entreveros que vaya a saber si eran reales.
En una oportunidad llegó de incógnito a la zona un comisario, cuyo nombre no recuerdo, del que se cuenta que se trataba de un hombre muy campero, es decir muy diestro para todas las actividades rurales, y vestía a la usanza de nuestros hombres de campo.
El comisario anduvo varios meses trabajando de peón en las estancias, en yerras, esquilas, tropeando, etc. Mientras cambiaba de trabajos y de lugar, jamás preguntó por Arañú, pero escuchaba atentamente todas las referencias sobre el matrero. Así fue que un día que viajaba a caballo por un palmar, divisó un hermoso gateao, atado y a la sombra. Al acercarse al animal apareció un paisano que lo desató y empezó a ensillarlo, le colocó el recado y le apretó la cincha. Intercambiaron saludos y el recién llegado dijo:
Menos mal que lo encuentro porque no soy muy conocedor por acá.
Ajá, ¿y pá ande va yendo?
Mire, vengo de la estancia de don Eliseo Maidana, donde estuve peonando un tiempo (cosa que era cierta), y aura me anoticié que en la estancia de San Carlos están tomando gente pa'la yerra, así que vi'a ver si tengo suerte.
Va bastante bien rumbeao. Siga el rumbo que lleva, cuando salga del palmar vuelque a su derecha y orillando el monte a unas dos leguas, mas o menos, va a encontrar una güeya que lo lleva a San Carlos.
Gracias amigo, vi'a descansar un rato, le doy un resueyo al pingo y luego sigo viaje.
'Ta bien, aflójele la cincha, si es su gusto, y arrímese pa' este lao que tengo todo pa' tomar mate y enseguida le invito unos amargos.
Mientras Arañú trajinaba encendiendo el fuego y hacía los preparativos para el convite, el otro lo observaba disimuladamente. Nos e conocían, jamás se habían visto, pero el comisario tenía todas las señas del matrero y de su famoso gateao, y no tardó mucho en llegar a la conclusión de que ese era el gaucho buscado por la justicia.
Matearon como dos viejos amigos, como dos criollos auténticos, sin embargo el matrero, que tenía razones para ser desconfiado, le hizo mil preguntas, y las respuestas serenas de su ocasional aparcero parecieron tranquilizarlo un tanto.
En ese tiempo Arañú andaría pisando los cuarenta años, era delgado, de talla mediana, alerta y ágil como un gato; el comisario, de cincuentón pa' arriba, más alto, más corpulento y musculoso; pausado en el decir y en el andar; montaba un lindo tordillo negro, a “medallones”, mestizo, liviano de abajo, de buenos encuentros, de anca redonda y partida, aparentando tener condiciones de animal ligero y guapo.
Los dos hombres vestían bombachas y botas, cintos entrerrianos con grandes y labradas hebillas de plata, seguramente marca “Gallo”; de cuero el de Arañú; de carpincho y más trabajado el del comisario; ambos con revolvera y bolsillos para el reloj y el dinero, como venían de fábrica los cintos correntinos y entrerrianos. Los dos portaban revólver y cuchillo de trabajo, chaira al cinto, camisa, pañuelo al cuello y el clásico sombrero bien aludo para protegerse del sol y del calor.
Bueno amigo dijo el comisario- vi'a seguir viaje, aura que descansó un poco el tordiyo y aflojó el calor. Le agradezco los datos, y los mates.
Sabe que estoy pensando acompañarlo, por un rato yo llevo el mismo rumbo dijo Arañú-
Como guste, me va a dar gusto seguir la charla respondió el comisario-
Ambos se pusieron a acomodar los recados mientras conversaban, y el matrero se había despojado de toda sospecha, entrando en confianza al verlo tan criollo al otro paisano que, en una de esas, se le había acercado por la espalda tomándolo del cuello de la camisa y afirmándole el caño del revólver “38” en las costillas, y le dijo imperiosamente:
¡Dese preso Arañú, yo soy el comisario y hace rato que lo rastreo…!
¿Arañú… dice? ¿De ande saca que yo soy ese? preguntó el matrero-
El comisario lo desarmó y lo esposó con las manos a la espalda y luego dijo:
Lo voy a llevar al pueblo y veremos si estoy errau…
No creo que un hombre tan crioyo y campechano sea comisario. A ver muéstreme la chapa… -afirmó Arañú-
¡Quédese quieto! La chapa por ahora está en la punta del caño del trabuco contestó el comisario- y lo hizo montar en su caballo gateao.
Se alejaron del lugar y llevaban marchando algún tiempo, y en momentos que orillaban un monte, Arañú que conocía la zona como la palma de su mano- aprovechando un descuido, lanzó un grito y le cerró las piernas a su caballo, que quitó y sacó ventaja al comisario por sorpresa. Más tarde el comisario comentaba:
Lo agarré de pe… y se me viene a escapar. Mi tordillo era más ligero, pero el gateao dentro del monte me sacaba ventaja. Es increíble la agilidad y destreza entre los árboles y matorrales. Cuando se había distanciado que casi no podía verlo, me orientaba por el ruido de las ramas, hasta que en un momento pude verlos en un claro y tuve el tiempo justo para revolear una sola vez y les tiré las potreras que, como mandadas por las manos de Dios, le juntaron los garrones al gateao, antes que volviera a entrar en la espesura. Les juro que se me arrugó el corazón de ver boleao a tan soberbio animal. Arañú prosiguió la fuga a pie, metiéndose en las partes más tupidas del monte. Yo lo seguía a caballo, procurando de atajarlo, rodeándolo, y así estuvimos no se cuanto, el asunto era no perderlo de vista. No podía tirarle porque no tenía más cargos que el de cuatrerismo, además no ofrecía resistencia y se hallaba esposado. Cuando lo vi cansado desmonté, y aunque todavía tuve que correrlo un rato finalmente pude agarrarlo. Arañú estuvo preso por uno o dos años, y cuando salió ensillo su caballo gateo, que sus amigos se habían encargado de cuidarlo, igual que su apero, y se dirigió a su querencia. Pero al llegar a su rancho, doña Dominga, su mujer, no quiso recibirlo y le dijo que se olvidara que tenía mujer e hijos, y hasta se cuenta que habría amenazado con echarle los perros.
Desde entonces, aunque no se lo vio más por esos lugares, se siguió hablando de él y llegué a escuchar que vivía en medio del monte, entre los animales, y que amansaba hasta a las serpientes yarará, y que ellas lo cuidaban echadas bajo el alero de su rancho. Y también otras historias de las que se van tejiendo hasta llegar a confundirse con la leyenda.



1 comentario:

  1. Excelente relato de un gaucho entero como Don Osvaldo. Me honra con su amistad a la que cuido y extiendo a sus hijos. Un orgullo para los argentinos que tenemos una enorme deuda impaga con nuestros gauchos.

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